viernes, 20 de abril de 2018

Villa


El portón azul rey de aproximadamente tres metros de altura se abre cada media hora. Nueve de la mañana. Ingresan vehículos particulares, ambulancias, camionetas, furgones del INPEC, motocicletas. Afuera tres jóvenes esperan esposados tratando de sostener bolsas transparentes que contienen ropa, zapatillas, crema dental y un pan empacado en bolsa de papel. Ahí mismo en esa maraña de dedos forzados sostiene cada uno la cédula, menos Rodrigo quién tiene su pasaporte. Cada uno es acompañado por un policía impaciente con documentos en sus manos. Detrás de ellos, a manera de fila para ingresar a la cárcel hay otros jóvenes más. Paúl, quien trata de calmar a su mamá dolida en llanto, Jorge un corpulento hombre que lo acompaña su esposa en estado de embarazo. Seis personas más atrás termina la fila.


Paúl le pide a su mamá que saque la comida que le empacó y la gaseosa:
  • Cucha, saque eso de la maleta, sáquelo. Saque la cuchara y vaya dándome que allá no se puede entrar comida, menos esa gaseosa. Y tranquila cuchita que no es mi primera vez. Yo me sé el maní. Yo soy de Villa. -dijo Paúl con un beso en la cabeza a su mamá-.
Jorge se nota tranquilo. Aunque todos alrededor lamentan verlo en esa situación: esposado, sonriente, 165 kilos, su pareja en embarazo, las zapatillas sueltas. 
  • Solo es un mes acá en Villa mi amor, solo un mes. -dice, tratando de calmar a su mujer acariciándole los seis meses de embarazo-.
El portón se divide en dos y un guardia aparece tratando de ver el panorama. El sol de las 9:00 am no le permite. Se devuelve y cierra el portón. Abre una pequeña ventanita y desde allí exclama:
  • Internos nuevos me hacen una filita y los patrulleros me pasan las ordenes firmadas por el fiscal, de lo contrario se devuelven.
Todas las ordenes estaban firmadas, los nuevos internos ingresan y afuera las mujeres lloran, tejen bendiciones y resignadas ven como Villa se traga a sus hijos.

Ya son las 10:12 am y no sé nada de mi ingreso. Estoy pegado al portón y justo detrás de mí hay de nuevo una fila de siete nuevos internos. Desde las 8:00 am entregué mi boleta de ingreso que me dieron en las cabinas de acceso. Pregunto de nuevo y el guardia me responde a través de una rendija que apenas van a ubicar a la persona encargada de ingreso a particulares. 

Sudo. Ya a esta hora calienta a 28°C que pegan de frente al portón. Pasan treinta minutos y se abre, debo pasar a requisa. Veo 6 guardias, una hilera de sillas rimax azules, un perro antinarcoticos y la actitud déspota de un guardia que toma las huellas dactilares en las afueras de una habitación pequeña acondicionada como oficina. Adentro, a través del vidrio noto un tablero viejo colgando de la pared interna con números relacionados con los patios. 

En ese mismo momento, recuerdo las noticias, los informes que dan testimonio del hacinamiento que tiene esta cárcel. Desde una silla azul, esperando que el perro me olfatee, me doy cuenta del monstruo que me espera en unos minutos. En ese tablerito los guardianes del INPEC tienen las cuentas de la cantidad de internos que alberga la cárcel. Mierda -dije-. Trataba de buscar en el ambiente un bullicio, una algarabía o un rezongar, pero lo que se escuchaba eran las carcajadas de los guardias, sus voces de mando y los pájaros que vivían en los árboles que rodean la cárcel. No hallé manera de justificarme en el ambiente la cantidad de personas que estaban ahí, a metros. Ni bullicio, ni algarabía, nada. 

El canino olfatea rápidamente y los guardias piden que pase a dejar mis huellas en el libro de registro de visitantes. Y mientras una voz golpeada ordenaba abrir mi mano derecha, clavé mi mirada en el viejo tablero y analicé los datos. 

Brutal. Esta cárcel está distribuida en once patios, pero no hay un patio once. Según esos cálculos, Villa aquella mañana guardaba la siguiente población:



Quizás, tres (3) internos habían cumplido su pena u obtuvieron otro beneficio. Veintitrés (23) habían ingresado el día anterior. Trece (13) estaban hospitalizados en tres clínicas de la ciudad. Diez (10) se encontraban enfermos dentro del penal y uno (1) había fallecido. Adentro seis mil quinientos cincuenta y ocho (6558) departían en cada uno de los patios.

En mi antebrazo colocaron el sello del INPEC. La persona encargada de la visita a los particulares se acercó y pidió que lo acompañara. Un apretón de manos. Al lado izquierdo una amplia zona verde poblada con árboles de mango separaban el complejo carcelario de la entrada y salida del penal. Enfrente una gran edificación con las oficinas administrativas esconde las paredes internas del penal.


El funcionario entra a una de las oficinas. Mientras espero, veo a escasos metros siete sujetos sentados sobre una baranda metálica. Frente a ellos un grupo de señoras con la biblia en mano comparten diálogo. Son las hermanas dedicadas a evangelizar todo hombre que entra o sale de Villa. En este caso hacían lo propio con el grupo de hombres cuyas edades podían calcularse entre 28 y 50 años.
  • Recuerden que acá dejaron y fueron perdonados sus pecados. Afuera hay una sociedad de amigos, vecinos, familiares esperando que ustedes sean bastiones de la Palabra de Dios. No vayan a meter la pata otra vez... -Escucho-.
El funcionario sale de la oficina con varios documentos en mano y una cámara fotográfica colgada al cuello. Caminamos y llegamos a la que sería el primer filtro para el ingreso. Se hace el trámite, se dejan huellas, firmas, requisa. En este filtro hay tres guardias que permiten el ingreso. Una puerta de gran calibre está frente a nosotros. Del otro lado la golpean en clave. Sobre la pared derecha en letras grandes y blancas  reza: "Aquí entra el hombre y no el delito". Este lugar es clave para quien abandona o ingresa a Villa. Quien sale, es el último contacto con ese infierno, quien ingresa, es su primer paso al olvido y decadencia. 

La puerta se abre y del otro lado no se ve más que otros guardias y otra puerta de idénticas condiciones cerrada. Caminamos y sobre la izquierda un escritorio con los mismos elementos de oficina de la anterior es ocupada por un guardia más amable y ágil. Se entregan los permisos de nuevo, se firma y al lado derecho puede verse un pasillo. Sobre él, una fila de estudiantes con los ojos vendados intercambian sonrisas y temores. Son pelaos que vienen de diferentes colegios a una terapia del miedo para que tengan en su mente cómo es de aterrador este lugar. Se preparan mientras el guía les dice que si sienten agua, son orines de los internos que a su paso por las celdas son arrojados en sinónimo de desaseo y podredumbre.

              

Continuo mi camino guiado ahora por un guardia del INPEC. Tres pasos adelante nos pegamos a la puerta, sostiene el cerrojo y con fuerza lo jala. Un estruendo avisa que la puerta se abre. Ahí, dos pasos más estaba, el Patio Central, un pasillo de más de 80 metros de largo por el que desfila todo, absolutamente todo. 

Ahora sí podía detectar el gentío, la algarabía. Los guardias se habían cuadruplicado. Pegados a los costados, en cada entrada a los patios habían escritorios. A lado izquierdo estaba el Patio 1. A la derecha el Patio 2, luego a la izquierda de nuevo el Patio 1A y así sucesivamente hasta llegar al Patio 10. Se podía notar en los rostros, en los atuendos, en las cicatrices el costo de la delincuencia. Hombres que a través de las rejas pagaban delitos.

Por un largo momento había olvidado el objetivo de mi visita. Aprieto mis manos y ahí están, unas cuantas hojas en blanco acompañadas de lapices. Me acerco al Patio 2 y presento el permiso respectivo. El guardia abre uno de esos cuadernos gigantes de pasta azul y firmo nuevamente. 
  • Listo! -dice, mientras suelta dos candados de la reja, corre el cerrojo y con su mano derecha hace un gesto de seguir, de entrar a una de las recamaras del infierno urbano-.
Di dos pasos tratando de ubicarme y ya tenía seis hombres al rededor con miradas extrañas. La puerta se cerró y desde ahí una voz apurada exclamó:
  • Ya le llamo la Pluma parcero.

Ahora si podía entender la magnitud del hacinamiento. El Patio 2 es el de mayor cantidad de internos. 1158 hombres sindicados de microtráfico, hurto agravado, extorsión. Todos provenientes del Distrito de Aguablanca y sectores de la ciudad con igual condiciones. 

Entre el tumulto aparecieron dos hombres con camisetas azul turquesa. Apretaron las manos, dieron la bienvenida y me dirigieron a un pequeño recinto donde se encontraba una estantería metálica pintada entre el gris y el óxido, con montones de libros, otros en cajas sobre el suelo, papelería desorganizada y una mesa acompañada de cuatro sillas rimax. Tomo asiento y trato de no dejarme abrumar por toda la información que tengo alrededor. Dejo sobre la mesa las hojas en blanco y los lapices. Uno de los pelaos toma asiento. Sonríe. Agarra una hoja y empieza a dibujar. Trato de leer las letras en el frente de su camisa.


Biblioterapia EPMSC CALI (Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad Carcelario de Cali). Y pensé en el libro y la lectura como terapia de sanación, de entendimiento del mundo, de liberación. Me encontraba en la Biblioteca más pequeña de la ciudad, pero la más potente. Villa alberga cerca de siete pequeños refugios de Biblioterapia, que no eran otra cosa más que la mejor manera de ocupar la mente.

Llegaron los otros chicos y tomaron asiento. La reunión tomó cerca de treinta minutos. 

Salí del recinto dispuesto a hacer un recorrido por el Patio. 


Había reconocido a varios personajes del bajo mundo, a otros que extrañaba por los barrios del Distrito. Uno de ellos se acercó y sorprendido me dijo:
  • Uy mompa, ¿qué andás haciendo por acá? 
  • Camellando hermano, camellando. -Respondí con una pequeña sonrisa-.
  • Arriba está mi cuñado... Yo sé que la va a dar alegría verlo acá. Esperáte lo bajo.
Con prisa subió las gradas, mientras abría paso entre los demás. Este personaje era un pequeño delincuente de barrio que estaba al servicio de su cuñado. Su cuñado, vecino mio, era padre de familia, trabajador, que había dedicado los dos últimos años a armar un grupo de amigos para defender la distribución de droga en un sector. Años atrás habíamos compartido los años de bachillerato en el mismo colegio. Una noche, la SIJIN y la Policía se tomaron el barrio en un operativo sin precedentes que buscaba atacar todos las ollas del microtráfico. Cayeron a su casa y le encontraron un par de armas y drogas, igual a quienes tenía a su servicio.


El hombre bajó y cuando estuvo frente a mi, con sus ojos recién levantados y sorprendidos, exclamó:
  • Uy hermanito, ¿qué hacés por acá? Qué bueno verlo. 
Se le notaba en shock. Ya no era el joven agresivo que disparaba desde la esquina de mi casa, ni el parrandero del equipo de sonido a reventar a las once de la mañana. Podía notarse un ser humano apenado, agredido moralmente. El abrazo fue fuerte y poco demorado. 
  • Trabajando. Y vos, ¿cómo vas acá?
No alcanzaba a entender el gesto que estaba armando en su rostro. Los ojos lagrimaron y en una vos quebrada y casi infantil respondió:
  • Esto acá es un infierno parcero. Es muy difícil, es duro, esto no se lo deseo a nadie. Muy duro este infierno. Pararse acá no es fácil, eso vale plata. Extraño a mis hijas, no las veo desde hace rato, mi familia y el barrio. 
No me esperaba una respuesta tan sincera. Pero el encierro le estaba atravesando la vida y eso lo estaba matando. Cuando habló de sus hijas, le comenté qué estaba haciendo ahí en el patio, le extendí una hoja y un lápiz. Le propuse lo siguiente:
  • Ánimo. Mirá escribirle una carta a tus hijas que yo se las entrego. Fuerza.
  • Pero ahí si me tenés que ayudar vos, porque yo no se escribir.
No podía creerlo, el bandido, el sicario que tantas balas disparó, no podía escribirle una carta a sus hijas. Se tomó la vida para hacer daño, herir, pero no se preparó para servir, para amar. Alguien le ayudó a redactarla.


Seguí en el patio entregando hojas en blanco, explicando el ejercicio. Pasé a los siguientes patios haciendo lo mismo, esperando cartas, mensajes de poder, transformadores para los niños allá afuera. Estaba siendo bien atendido, a las mesas llegaban botellas de gaseosa, agua con gas, cigarrillos.

En el Patio 4 entré con cierto pánico, pues el funcionario que acompañaba el recorrido me manifestó que ese era el recinto de los guerrilleros, de los sindicados de rebelión, explosivistas, extorsionistas, jóvenes afro en su mayoría que fueron capturados por portar granadas, fusiles, jóvenes que fueron en su momentos reclutados por los brazos armados de las milicias urbanas de la guerrilla para conformar bandas por el control del territorio.

A la salida, caminé varios pasos por el Patio Central, que es el pasillo por donde todo pasa, cuando de repente una figura alta, delgada con una voz metálica se acerca y sonríe. Es un viejo amigo del barrio, apodado "Sicosis". Ahí estaba, sonriendo con documentos bajo el brazo.

  • Papi, disfrutando la vida, me dieron treinta años por esa vaina y acá estoy, de Pluma del Patio Central. Vos sabés... Yo no me quedo quieto.
  • Y, ¿qué hacés acá afuera, en que patio te tienen?
  • Jajaja, patio 1A, lo mejor, pero soy el Pluma del Central, vea papi.
Y se bajó un par de centímetros la pantaloneta. Un fajo, no un rollito, un rollo de billetes con el que demostraba que era un duro dentro de la cárcel. Y entonces lo recordé con lentes, recién arreglado, con camisa de botones, manga larga, como acostumbraba a estar los fines de semana. La violencia y el vicio no fueron los mejores conductores de su vida. Al final quedó un apretón de manos.

Seguí mi camino, visité los patios restantes y cuando entraba en el patio 10, que era totalmente diferente y donde estaban los condenados por desfalcos, por fraudes en las empresas públicas, abogados, cajeros, gente normal con sus profesiones que habían decidido torcerse y robar, falsificar, delinquir, el funcionario que me acompañaba se acercó a la biblioteca del patio 10 y me dijo que era momento de salir. Miré la biblioteca que tenían. Diferente, organizada, tranquila, aunque en medio de barras y paredes, pero con bastantes libros.


Aún en los momentos más aciagos la vida tiene esperanza, esperanza de ser contada, retratada o custodiada.

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