lunes, 16 de enero de 2017

Padres que drogan.

Hace poco más de dos meses me embarqué en un viaje por las entrañas, esquinas, calles y recovecos de mi ciudad. Terminando el año, en esos cuadres que uno hace de lo que trajo y se llevó ese nuevo ciclo, recordé la historia de dos amigos, con destinos diferentes pero cuyos papás habían desencadenado en ellos el inicio desmesurado en las drogas, CONSCIENTE e INCONSCIENTEMENTE.

En paz por sus destinos y en justicia por los actos de sus viejos, este par de crónicas rápidas:

MI PAPÁ ME ENSEÑÓ A DROGARME INCONSCIENTEMENTE
Recuerdo muy bien que era un 24 de diciembre. Salí de trabajar con mi papá con destino a un centro comercial del sur a comprar la ropa para aquella noche. Luego, camino a casa se detuvo en unos quioscos que eran tomaderos y estaban a una distancia de cinco cuadras de la casa. Entretanto le dije que iría a cambiarme de ropa. Hasta ahí yo un pelao de 10 años que había aprendido a tomar cerveza y aguardiente en cunchos que mi papá dejaba en las botellas cuando ya la borrachera lo mandaba al suelo y lo vencía.

En casa tenía un vaso pequeño y especial para servir el trago. Cuando llegaba y las fuerzas solo le daban para llegar hasta dos pasos dentro de la casa y caía, yo me dedicaba a buscar esa copita y a echar los cunchos ahí y subir a la terraza de la casa, ya sea solo o con mis amigos de infancia. Cada ocho días no faltaba la tomada.

Llegué a casa, tomé un baño y me coloqué la ropa a estrenar. Fui a la habitación de mi papá a buscar un perfume. Abrí su armario y ahí estaba. Junto a ella había una caja que guardaba unas gafas que me llamaron mucho la atención. Ahí debajo de las gafas, justo ahí, había una bolsita con un polvo blanco. Primera vez que veía una cosa de esas en mi casa y en mi vida. La guardé en mi pantalón y salí a la calle en busca de mis amigos.

El primero con el que me topé fue Rubén. Chocamos las manos e inmediatamente le pregunté:

·         Parcero, ¿vos sabés qué es esto? -le enseñé ese polvito blanco en la palma de mi mano-.
·         Un bolso. Eso es perico. ¿Te vas a drogar?
·         No nada como se le ocurre. Y, ¿cómo se meten eso ve?
·         Fácil, cogés un pitillo o la punta de una llave y te llevás una esquirla de eso a la nariz e inhalás fuerte. Y te dejás llevar…

Yo lo miré pensativo mientras me imaginaba la escena. Lo guardé y seguimos caminando hablando de mujeres y de los otros panas. Al otro día sentía mucha curiosidad por hacerlo, por intentar drogarme. Ese mismo día mi papá me preguntó si no había cogido un polvito que era para un remedio que le había recetado para dejar el trago. Tanto mi hermana como yo, negamos haber visto algo. Pero mi hermana sabía de la existencia de esas bolsitas, a sus 15 años era la que me ajustaba por el camino del bien, aunque el desvío fuera por otro lado.

También tengo que contarles que el vicio por el cigarrillo también mi papá, inconscientemente, me lo enseñó, y es que en esas borracheras de cada ocho días las cajetillas de cigarrillo quedaban por ahí abandonadas, huérfanas y mi curiosidad llevó un día a subir a la terraza con Rubén y mostrarle una de las cajetillas y preguntarle cómo era que se fumaba. Aún ahí tenía en mi bolsillo el bolso de perico de mi papá.
·         Absorba el humo, llévelo a los pulmones, déjelo ahí unos segundos y bótelo, eso es fumar -así lo hice tosiendo como primíparo-.

Tres días después no aguanté la tentación de meter perico. Fui y me encerré en el bañó y con el celular busqué en youtube un tutorial de cómo hacerlo. Fue el inicio de una adicción que hoy me tiene atado a un trastorno de ansiedad y pánico que logro tratar.

Los días posteriores pedí ayuda a mis amigos para conseguir más bolsos de perico. Les regalaba mil o quinientos pesos por ir hasta la olla y comprarme cuatro, diez o hasta 20 bolsos de perico. Subíamos a la terraza a trabarnos con las puntas de una llave. En muchas ocasiones mi hermana, preocupada, nos pillaba y teníamos que saltar tapias y techos para huir de ella. El día que me agarró me dio una pela que no he olvidado.

Al quinto día poco era el dinero que tenía y no estaba para darles a mis amigos así que yo mismo iba hasta la olla y compraba el perico. En la olla conocí a Paolo y Mario, con quienes formé el parche de la orilla. Nos ponchábamos sobre la orilla del caño las mañanas, las tardes, las noches, las madrugadas de todos los días. Varios rumores ya habían llegado a oídos de mi mamá y mi papá por parte de vecinos y conocidos que sabían que yo era Sebastián Rivera Velez hijo de un presentador de eventos y una trabajadora social al servicio del Estado.

Cuando mi papá se enteró, me frenó al levantarme de la cama y me dijo:

·         Sebastián, las drogas no conducen a nada bueno. La gente está diciendo que lo han visto metiendo vicio, su mamá también está muy preocupada. Póngale juicio a su vida usted es un niño.
Ahí mi papá ya no consumía debido a una amenaza de infarto, que lo hizo terminar esa relación suicida de la droga y él. Pero ya no me importaba nada de eso. Con mi papá había aprendido a tomar trago, a fumar cigarrillo, a meter perico desde los diez años. Ya con las amistades malditas y mis visitas sin medida a las ollas seguí por conocer la marihuana que me daba fuerza y ansias. Le dimos la entrada a nuestras vidas a las pepas, al rivotril, a la clanocepan, al éxtasis que nos acompañaban en las rumbas y en las celebraciones de cualquier cosa. Eran los tableros y tableros que consumíamos que nos colocaban a explotar, a robar cualquier cosa para comprar más.

Los comportamientos en casa ya llamaban exageradamente la atención. Ojos hundidos, rojos, alteraciones del carácter, problemas, amenazas de muerte, todo eso motivaron a mi mamá a internarme de inmediato en Armenia en un centro de rehabilitación rural donde me iban a desintoxicar.


Me escapé al segundo día. Llegué directo al parche de amigos y pegamos para el centro dizque a conocer la heroína. Ya habíamos comprado la jeringa de insulina en una farmacia de barrio. Así frenteros entramos a la farmacia y pedimos tres jeringas. Las miradas fueron de sorpresa. Nos inyectamos allá en una calle del centro, plena doce con doce. Y ahí quedamos el primer viaje. Estáticos, etéreos, vivíamos la vida en pause. Ya llevaba cinco años siendo drogadicto, éramos drogadictos. Vivía prácticamente en la calle. A mis padres les faltó fuerza para atajarme, para despertar de esa vida de discordia y violencia que llevaban y que me puso muy por debajo de sus prioridades. Era una guerra cazada, no había paz.

Para nosotros toda droga nueva o sin probar era un reto. Una madrugada, dos de la mañana, llegó Paolo con la idea de comprar un tarro de sacol y mezclarlo con frutiño. Entre todos recogimos mil pesos y se compró. La mezcla fue brutal. A esa hora y ahí sobre la orilla del caño, aún recuerdo que de la traba tan verraca que nos produjo eso yo veía sobre el agua negra del canal que venía una tractomula a levantarme y gritaba fuera de control y les advertía a mis amigos que cuidado. Ellos gritaron en medio también de la traba y salieron corriendo y gritando. La mula pasó pitando, se los juro.

Ese era el menú que mis venas y mis neuronas conocieron en casi ocho años de adicción. Todo, quizás, por culpa de un bolso de perico dejado bajo el estuche de unas gafas y a la mano de la curiosidad de un niño que a los 10 años veía a su papá vencido en el suelo con botellas, cigarrillos y una inconsciencia letal.

Hoy, dos años después de mi peor crisis, reconozco que un 50% la culpa fue de mi padre y el otro de mi curiosidad y mis amigos. Un trastorno de ansiedad y pánico es el resultado de tanto y tanto drogarme. Siento con relativa pausa en los días ataques breves de miedo intenso junto con temblores, mareos, confusión, agitación, desvanecimiento, náuseas y mucha dificultad para respirar. 

Mi papá buscó un nuevo horizonte en el socialismo, pregunta por mí, me tira llamadas en whatsapp, mensajes en Facebook y uno que otro giro con unos pesos que ayudan a sacar la novia o comprar más ropa. Mi madre es quien lucha con mis ataques de ansiedad. Ella la heroína tardía. Ella la que a pesar de errores y aciertos me ha abierto alcahuetamente la puerta que vemos ahí desde esta calle.

·         Ve, ¿si el corazón a uno por ratos le deja de latir hay que salir para la clínica urgente, cierto? Estoy como pálido, ¿te parece? Me va a dar algo ¿oís? -un ataque de ansiedad-.


MI PAPÁ ME ENSEÑÓ A DROGARME CONSCIENTEMENTE
La casa siempre fue de esas de barrio, sin repellar, se podían contar la cantidad de ladrillos que la sostenían. El baño quedaba junto a la sala y el techo era de tejas de barro ajustadas con cañabrava. Hasta donde el perico me deja recordar, somos tres hermanos. Soy el menor. Mi papá desde los 18 años fue un soldador y cerrajero que aprendió este oficio luego de graduarse del bachiller con énfasis en metalistería. Y empezó a circundar los talleres, las cerrajerías como ayudante y luego fue aprendiendo ese oficio hasta que pudo y montó su propio negocio.  

A los 10 años mi papá me abrió las puertas de su taller y aprendí a manejar el soldador, la dobladora, la prensa, el torno y hasta soldar sin la necesidad de la careta. Recuerdo muy bien la primera vez que le pidió a uno de sus empleados que fuera por seis cervezas. Me sentó frente a él y con ese ímpetu de tener un estatus social y económico sin tener que trabajarle a nadie, ni dejarse humillar como empleado (era su argumento favorito), me dijo que conociera la cerveza, que el trago me daba fuerza y que todo cerrajero debía aferrarse al licor para ser fuerte y macho. Yo accedí, eran las palabras de mi héroe, de mi padre. Cuando cumplí los 11 años diario tomaba cerveza, no iba al gimnasio, pero tenía un cuerpo atlético y musculoso. Mi voz era más gutural y era repana de los empleados de mi papá.

Me sentía más hombre por el trago. Y no era solo cerveza, era también aguardiente, ron, chirrinchi, whisky, de todo. Diariamente mi papá estaba lleno de trabajo y notaba que entraba a su oficina con tres de sus empleados y me dejaba encargado del negocio junto con Manuel, un mancito sano que no tomaba, ni rumbeaba, ni fumaba. Yo tenía la idea que eran reuniones privadas donde hablaban de dinero, de negocios, de diseños, hasta ese sábado en que mi papá dijo:

·         Venga mijo… Venga que lo he notado cansado, triste, como aburrido. Venga y calmamos eso.

Y la puerta se abrió, fui el primero en entrar. Había una mesa de reuniones con un vidrio calibre 20 o el más grueso posible. En el centro cervezas, más cervezas y aguardiente y más aguardiente, una caja con cachos de marihuana y pequeñas líneas de lo que era perico en cada uno de los puestos. Todos entraron sonriendo, frotándose las manos, afuera Manuel coordinaba todo en medio de miradas extrañas.

Yo también sentí alegría y emoción. Pero estaba preocupado con las líneas de perico sobre la mesa. Jamás había probado otra cosa diferente al licor. Mi papá me sentó junto a él y con un desparpajo que me transmitió confianza agarró su cédula, organizó la pequeña línea de ese polvito y con un minipitillo fue succionando con su nariz.

·         Hágale bobo hijueputa. Aprenda mijo que la vida hay que gozársela.

Le hizo señas a uno de sus empleados y se paró junto a mí a explicarme. Yo no sentía miedo, era mi padre quien me estaba enseñando a drogarme con perico, junto a sus amigos, con el dinero que se había jodido muchos años de su vida. Pensé que era merecido recibir esas enseñanzas de él. Para eso precisamente había trabajado tan duro desde pequeño, para gozarse la vida.

Cuando me metí el primer pase todos aplaudieron y se acercaron a darme palmadas en la espalda, abrazos y copas de ron y aguardiente. Ya se sentía el olor a marihuana. Éramos seis los que estábamos ahí dentro en ese desenfreno de licor y drogas. Yo era el niño de 11 años, sentía tanta fuerza, tanta vitalidad que le ordené a mi papá que colocaran una de Darío Gomez o una de Pipe Bueno, estaba excitado en medio de tantos hombres. Mi Papá andaba en otro cuento diferente a entender que ahí en esa sala estaba su hijo.

No pasaron quince minutos y tocaron la puerta de la oficina. Mi papá me miró y me dijo que ahora si iba a saber que es ser un macho. Abrieron la puerta y entraron tres mujeres entaconadas, oliendo rico y con senos protuberantes mostrándose por los escotes de sus blusas. Puse cara de sorpresa y una sonrisa diabólica se apoderó de mí. Estaba drogado.

La mayor de ellas se desentaconó y se subió a la mesa a bailar ese perreo que habían impuesto los empleados de mi papá. Bailaba escandalosamente mientras las otras bebían. Se fue quitando el vestido hasta quedar desnuda. Los gritos y las palabras obscenas llenaron la oficina.

Una de las que bebían se trepó a bailarle a mi papá. La otra, que no pasaba de los quince años, hizo lo mismo en mí, mientras me susurraba:

·         Tu papá me dijo que no tienes novia ni has tenido -me besó-.

Todo eso era grandioso para mí, mi papá hasta ese momento me había metido de bruces al mundo del licor, del sexo, de las drogas y yo no había puesto resistencia alguna.

Esa noche todo terminó en cada una de las habitaciones. Los empleados habían hecho lo propio en la oficina. Ahí no había parado todo. Con el paso del tiempo drogarme era tan necesario como religioso hacerlo junto con mi papá. Línea iba, línea venía. Al cabo de un año la adicción fue tan fuerte que la cerrajería había quebrado y la casa la había hipotecado por unos cuantos millones de pesos. Todo eso para mí era normal, yo era parte de esa confabulación para acceder a la droga.


Y acá acabó todo socio, este puente (San Judas) ha sido todo para mi papá y yo desde hace dos años, hemos visto matar gente, secuestrar, nos ha tocado salir a robar juntos para poder drogarnos. Ya no hay salida. Acá vamos a morir (risas diabólicas).
·         Abríte... Abríte de acá pirobo que te voy a matar… -me acaba de estallar una pepa-.

Desde las calles
(Puente San Judas),
GG

martes, 20 de diciembre de 2016

Las lágrimas de la 13 con 10



52 segundos y el semáforo cambia a verde. Los padrones en medio del canicular sol pasan arrastrando polvo, envolturas y humo que nadie puede esquivar mientras esperan el cambio a rojo otros 52 segundos. La carrera 13 con calle 10 es una de esas zonas populares de la ciudad por donde tarde o temprano tendremos que cruzar ya sea de camino al trabajo, a la escuela, la universidad, la olla, el juzgado o la misma cárcel. A pocos metros se ve el tumulto de personas al borde de una valla metálica que lleva las insignias de la Fiscalía General de la Nación, el Consejo de la Judicatura y la Policía Nacional. Mientras eso sucede, paralela a la carrera 10, en medio de las palomas, las papelerías y el olor a maní, a 20 kilómetros por hora, giran una buseta azul oscuro de placas ONI700 y un furgón Mazda modelo 95, escoltados por siete guardianes del INPEC.




Al otro lado de la valla toman posición dos guardianes que sujetan par fusiles a sus pechos, como si la llegada advirtiera un peligro inminente que requiere respuesta y apoyo. En sus rodillas, lado derecho, cuelgan dos pistolas 9mm. Pero en el tumulto no se vislumbra ningún riesgo. La víspera se torna cariñosa, ansiosa, llena de susurros y lágrimas que auguran un escape de felicidad.
  • Desde que los tombos cayeron a la casa y se lo llevaron, desde ese día no lo veo. Ya van 10 meses. No conoce a Celeste todavía. Sé que va a llorar. -Comenta una mujer de escasos 18 años mientras a empujones intenta llegar a la valla y levantar en sus manos a una pequeña bebé en señal de triunfo.

De la buseta van bajando hombres encadenados de pies y manos sin poder acelerar el paso, pero si la mirada en busca de un familiar, un vecino que los reconozca y les sonría en muestra de fraternidad. Richard se detiene al primer paso buscando a su mujer. Se desploma en lágrimas y gritos cuando la ve sujetando a Celeste en sus brazos.



Celeste tiene 8 meses de vida. Y esta oportunidad es la que más cerca ha sentido a su papá desde dos meses antes de venir al mundo en la sala de partos del hospital Joaquín Paz Borrero del barrio Alfonso López. Deduzco que se llama Tatiana por el tatuaje en su muñeca izquierda y los otros dos nombres que en letras cursivas lo acompañan: Celeste y Richard.

Uno de los guardianes lo levanta de un tirón en la cadena y con voz de mando lo obliga a bajar por la rampa de acceso al Palacio de Justicia. Bajan en total 12 presos que vienen del infierno de la cárcel de Villahermosa. Todos procesados por microtrafico, homicidio y hurto calificado.

Tatiana no puede con las lágrimas, recuerda perfectamente cuando se conocieron, cuando hicieron el amor por primera y última vez, el parto, los tatuajes con el nombre de Richard en su espalda y la muñeca, pero también recuerda los puños, los azotes, la droga, la moza y el muerto.


- Ese es tu papá. -dijo en voz alta mientras a su alrededor madres, hijos, vecinos esperaban unos ansiosos y otros con lágrimas y tristeza-.




Desde ahí podía escucharse el vendedor de bonice, el de los minutos, la música al fondo, el ruido de la carrera 10 y ese maremoto de carros, buses, motos y articulados del MIO. 



Una bandada de palomas buscaba comida en los alrededores del Palacio. Desde la aparición del microbús ONI700 por la carrera 10 fueron aumentando la cantidad de familiares apostados en la calle 13, también se sumaban transeúntes que paraban su marcha y sorprendidos por la imagen, clavaban su mirada a los presos, a las familias, los bebés y luego de unos gruesos segundos se decían, ¡qué triste!

Tatiana, con el alma hecha pedazos y un dolor extraño en su corazón, ve como Richard va arrastrando las zapatillas cada 5 centímetros, ella abraza su bebé y siente que solo tiene fuerzas para sentarse sobre el cordón de la calle 13.


Ahí, cuando los articulados alcanzan el semáforo en verde, siente esa fuerza que llevan, una fuerza con el viento de cómplice que en ocasiones la mecen fuertemente. También viene con fuerza el polvo, las envolturas y los aromas a chunchullo, chorizo y a palomera. Pero también siente la necesidad de preguntarse y responderse en qué momento su vida cayó en ese hueco. Estaba ensimismada, llorando. Le da seno a su bebé.

El tumulto de gente se dispersa a pocos metros esperando que terminen las audiencias donde se define la suerte de este grupo de sindicados. Un guardián del INPEC corre con fuerza la valla y el ONI700 sale a la carrera 10 y se parquea a la derecha. Ahora el turno es para el furgón metalizado. Se pueden ver rejas de seguridad y dos guardianes en posición de defensa con sus fusiles. Adentro se origina una algarabía, suenan las paredes del furgón. Descienden con alegría tres travestis esposadas de manos, ahora sí en silencio y ajustándose el cabello. Adentro del furgón puede evidenciarse la extrema seguridad, no hay sillas, no hay ventanas, el furgón resulta siendo una especie trinchera o de bunker, en últimas vienen de un infierno, no podría esperarse más.

En rumores de quienes están ahí a la espera de sus familiares, puede escucharse que dos de las travestis están sindicadas de homicidio agravado, la otra por intento. Nadie las espera, ellas tampoco esperan a nadie.

Pasan dos horas y termina la audiencia de Richard y los otros 11 internos que vienen de la cárcel de Villahermosa. Esta vez van subiendo en parejas. Llegan a la puerta del ONI700 y se ven obligados a decir adiós ambos con las manos esposadas a sus familiares. El último es Richard. Lo acompaña un hombre de contextura gigante, puede notarse que la esposa utiliza sus últimos dientes para ajustar en la muñeca. Sus pasos siguen siendo de cinco centímetros. Alza su mirada buscan ver el cielo y se topa con una edificación de varios pisos, el centro comercial el Caleño. Baja y está la estación Centro del MIO.


Va anonadado, sin suerte, con miedo de pasar muchos años en el infierno de Villahermosa. Se le nota un poco de arrepentimiento. Se le escapa una lágrima de pesar. Vuelve en sí mismo y ahí enfrente a escasos cinco metros de él están pegadas en la valla, Tatiana y Celeste. Sin abandonarse de la tristeza sigue mirándolas. Siente los jalones de su compañero de cárcel. Es una mol de grasa y músculos.

Tatiana lo mira con esas ganas de decir: jueputa que rabia, vos sabés que lo mataste, jueputa vida… ¿Por qué? ¿Por qué? Richard estalla en llanto y grita cuando sube el primer escalón de la ONI700:


- Mami… Mami… 23 años… 23… en ese puto infierno.

Tatiana llora y las personas que están a su alrededor tratan de controlarle su ataque de nervios y de llanto. Se desploma en el suelo con su niña en brazos. Los guardianes del INPEC apresuran la subida, el despeje de la calle y las vallas. Bastaron diez segundos y la buseta salió acelerada y escoltada tras el furgón con un escuadrón de ocho motos del INPEC.

Como transeúnte siento que esto ya terminó. Camino unos pasos y el semáforo cambia a rojo. Mientras espero los 52 segundos, escucho los comentarios de las personas que están también esperando el cambio de luces. Una anciana que va con bastón y que también se detuvo a ver la escena pide permiso con su voz regañada y castigadora. Ve que viene un bus del MIO, se detiene y exclama:


- Esa es la juventud de hoy en día. ¡Qué tristeza! Correa fue lo que les faltó…

Verde.

Desde las calles,
GG.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El central

  

- Viene Vergel… Jum.


Esa sencilla frase sembró el pánico. Los de las flores, los helados, los vigilantes, los de las frutas y ella misma, la señora de los cholados, todos apresuraron el paso para encaletar sus celulares, sus bolsos de mano y el escaso dinero que tenían a mano. Pero también estaban tranquilos, era el momento de vender, el momento en que sus negocios ambulantes podrían producir algo de dinero.

Antes que llegara la caravana escuché todas esas minihistorias trágicas que ella había presenciado en aquel lugar en sus 30 años de labor informal. Sin tener algún vínculo con este sitio, me imaginaba que solo había sucedido un par de cosas y que todo era mala fama. Qué equivocado estaba. A la masacre de seis personas tenía ahora que sumarle una decena de muertos más, miles de atracos en años, enfrentamientos, heridos y mil trifulcas que quedaron ahí.

Mis recuerdos venían desde el fallecimiento de mi abuelo materno. Todo era común. Tenía 11 años y corrían los años noventa, más exactamente el año 1996. Las pandillas estaban en auge, pero de las primeras que se enfrentaron con piedras, palos y machetes. También era la época de carros bomba y la maldita herencia del narcotráfico de segunda generación. Nada salido de lo normal. Incluso las visitas cada domingo durante los cuatro años siguientes.



De ahí recordaba también los puestos de flores que iban de esquina a esquina, el olor a pino, a flor de mirto y esa sensación de humedad que tenían esos cuadritos verdes donde clavaban las flores y las ramas de pino. Pero un recuerdo violento no existía, hasta aquel día de la masacre.



Esa tarde la noticia se difundió por las emisoras de radio del am, luego pasó a boca de barrio y la ciudad ya sabía que, dentro del Cementerio Central, en una balacera habían muerto seis personas. Muchos asociamos este hecho a enfrentamiento entre pandillas de algún joven que estaban sepultando, pero no. Cuatro horas después, el noticiero local emitía la primicia. Por los jardines, pasillos y tapias del cementerio fueron asesinados seis sujetos de una misma familia en ajuste de cuentas por narcotráfico. Cali dolió una vez más.

EN LAS PUERTAS DEL CENTRAL


Estoy sentado sobre un bolardo que delimita el área del puente peatonal de la Carrera 1 con Calle 30, en la comuna 4. Frente a mí, hay escasas dos ventas de flores en las que se pueden contar no más de 30 ramos y 6 coronas. Son las tres de la tarde y los parqueaderos de motos empiezan vertiginosamente a coparse. Así mismo los vendedores, de uno de helados a tres, de un guía de parqueadero a tres. Hay pánico por la procedencia del entierro, ya todos están en pie de lucha. Normalmente los que vienen de barrios como Sucre, el Retiro, el Vergel, Manuela Beltrán, Alfonso Lopez o Antonio Nariño siempre terminan en balaceras, en robos y en presencia de decenas de uniformados de la policía. Los vendedores rectifican el barrio, es del Retiro.

A lo lejos puede escucharse una sirena acompañada de pitos que van aumentando los decibeles. En cuestión de segundos una manada de motos gira a la derecha sobre la Carrera primera, justo ahí en la Calle 30 en sentido centro-oriente. Colman los parqueaderos. Detrás de los motorizados llegan los vehículos particulares, llegan con sorpresa tres camionetas blancas modelo sustitución de carretillas, abarrotadas de jóvenes en la parte trasera, luego un bus modelo 80 de color blanco con bandas horizontales verdes. Todos se bajan. Al otro costado sobre la misma Calle 30 pero con Carrera 3 otro bus llega con dolientes.

La raspadora manual de hielo empieza su trabajo, los cucharones del salpicón también. El celular de los minutos, las neveras de cerveza, los empaques de helado, las flores, todo entra en acción, incluso las compuertas del cementerio se abren dando paso al coche fúnebre que en su parte trasera lleva una cinta morada con letras doradas, en la que se puede leer el nombre de Miguel Antonio. En la parte delantera, a la derecha del conductor una mujer de tez morena llora desconsolada. Es la madre de Miguel.

Los jóvenes se ven cargados de odio, otros llevan cerveza a la mano o ron. Por ahora todo transcurre en normalidad. Sacó mi celular, veo la hora: 3:23Pm. Lo guardo de nuevo y mientras exprime un limón sobre una montañita de hielo en un vaso, me dice: guarde eso papi... adentro eso es muy peligroso, vea que hace un mes sacaron a un muchacho muerto de allá, le pegaron dos tiros por robarle el celular y la gente del cementerio vinieron a dejarlo acá afuera para no calentar más al cementerio. Dios lo proteja papi. Por acá a la orden. 


Entro al Cementerio. No a acompañar el sepelio. No. Entro una vez más a recorrer los pasillos, a ver las fotografías de los muchachos, de los pelaos, de los niños que han muerto, que han matado o se han matado. Entro a entender esa cifra de 10.520 menores de edad asesinados en los últimos quince años, según una excelente investigación del Diario El País: El Mapa de la Muerte, 15 años de homicidios en Cali. Eso no se entiende. Para la ciudad es una cicatriz abierta, mal suturada y escondida bajo una camisa. No es pública, nadie la ve. 


En las lapidas de los pasillos hay fotos de menores de edad con fierros en mano, con pachas (arma artesanal), pelaos montados en moto, con camisetas del deportivo Cali y del América, fotos de menores asesinados a balazos, por robar, por amar, por caminar, porque sí. Fotos a blanco y negro. Pero algo me sorprende y es que los muchachos que están ahí en cuatro paredes de madera en una bóveda son de la generación del celular, eso lo dicen las decenas de fotos estilo selfie, que quizás sus familiares o amigos tomaron de alguna red social y las pegaron ahí para recordarlo en medio de sonrisas, de gestos o en lugares inolvidables.

El Distrito de Aguablanca y la ladera, por lo general son las zonas socialmente más olvidadas de la ciudad, son las que han puesto esos muertos. ¿Cuántos gerentes, docentes, científicos, inventores, matemáticos, profesionales y líderes, ha perdido la ciudad en medio de esa guerra urbana de las pandillas, las bandas, las oficinas y el microtráfico? Todos diría yo. ¿A quién le ha interesado desde hace 20 años los muertos diarios que pone el oriente o la ladera? A nadie.

Programas y proyectos para alejar los jóvenes de la droga, de la delincuencia y de las pandillas se han ejecutado cantidades, unos sin continuidad, otros con oportunidades mediocres de emprendimiento. Mediocres, porqué los jóvenes en situación de vulnerabilidad no van a cambiar sus vidas a punta de trapeadores, de sandalias en cuero o ambientadores. Por lo menos no en la cantidad que necesita nuestra ciudad. Necesitamos que cerca de 500,000 jóvenes tengan verdaderas oportunidades de laborar, de educarse no con cursos, sino con carreras, con postgrados, con especializaciones y doctorados. Creo que nadie a su paso por la Alcaldía le ha metido la ficha a una esperanza de este tipo. Que bueno sería.





Así es... En esta ciudad de furia enceguecida y de inmoralidad diaria han muerto tantos jóvenes que podría abrirse, con el paso de los años, un brecha generacional y económica en la ciudad tan grande que afectaría (ya está sucediendo), el desarrollo de nuestra ciudad. Vivimos toda nuestra vida creyendo que esto es solo salsa, fútbol y trabajo, que Cali es una ciudad donde gobiernan los mismos para los mismo hace más de 30 años, para los grandes intereses, para las empresas de apellidos rimbombantes. Nadie ha gobernado para la Cali excluida o la otra Cali como la llaman algunos columnistas de opinión o medios de comunicación. Somos una urbe acostumbrada a que asesinen a seis personas en promedio  cada día de todos los años en los últimos treinta. Eso no está bien. 



Los pasillos son oblicuos en su mayoría, otros rectos. La historia dice que el diseño del Cementerio Central de Cali obedece al proyecto del Ingeniero Emilio Sardi del año 1904. Inicialmente la idea era formar un trébol con círculos. Posteriormente fueron adicionándole columnas y pasillos que hacen de este diseño algo enigmático para cualquier ojo humano.  

LOS GRAFITIS DEL CENTRAL

Esa búsqueda de menores en las lápidas del Cementerio me ha llevado a reconocer la forma de los pasillos del Cementerio, pasillos que se han convertido en esquinas y calles para los muchachos, para las pandillas, los enamorados y los dolidos. En una respuesta a dominar el espacio territorial, así mismo como funciona en los barrios, las calles y las esquinas, dentro del Cementerio se puede observar las rastros del dolor poético o la rabia literaria.











Ahí podemos ver la fuerza de una juventud descarrilada, sin horizonte. La violencia y sus consecuencias han significado una verticalidad tan profunda en los últimos años, que es entendible tanta rabia y tanta desazón, son en promedio dos menores de edad asesinados en los últimos 15 años cada día, sin descanso. 

EL MIEDO 

Poco a poco voy sintiendo que tras los pasillos recorridos, vienen personas analizándome. Varios pares de jóvenes se ven por todos lados. Tengo que apresurar el paso. En esa carrera finalizando un costado hay dos menores y una jovencita. El aire huele a marihuana, uno de ellos arrodillado le canta y sostiene con sus dedos un cacho de la hierba. Los otros dos van en ese viaje largo y aletargado. Lloran y golpean fuertemente la lápida. No es dolor, es rabia contra la sociedad y la vida, tan solo tenía 15 años su amigo.

El pasillo se acaba y en un costado hay un hombre con los brazos extendidos como si entendiera mi prisa y correría.


El Central se siente caliente, desde la parte trasera llegan tres sonido seguidos y secos. Son balazos. Un auxiliar de policía corre desde la entrada, atraviesa la alameda que da a la Iglesia y se pierde detrás de ella. Huele a marihuana a tufo de licor. Giro atrás y una postal hermosa me despide...



Solo fueron disparos al aire, de esa cultura absurda, esas balas que en los últimos 15 años acabaron con 311 vidas. En medio de una tristeza enorme llego al portón. Este es el central...



Desde las calles,
GG.





domingo, 30 de octubre de 2016

Potrero Grande, la otra orilla



Hace dos años no regresaba a Potrero Grande. Las zonas verdes que atrás eran extensas y solitarias, hoy tienen grandes construcciones como respuesta del Estado a sus necesidades cuando se mataban los pelaos de 12, 15 y 20 años entre sus doce etapas (aún sucede). Un parque en construcción, canchas sintéticas, juegos biosaludables, Centro de Desarrollo Infantil, pero el mismo y único colegio público administrado por los privados. Persiste el gigantesco estigma de ghetto peligroso, feo, caliente. Hay muchas huellas de la violencia urbana entre sus calles y en las ventanas o puertas de sus viviendas. Todos esos males que, hace un par de años pusieron en alerta a toda la ciudad y hasta la misma ONU y hoy se perciben colgando de las esquinas a veces en stand by, a veces como guachimanes, es un tatuaje que ningún héroe público ni ninguna liga de superhéroes municipal o nacional ha podido vencer. Al contrario, "esos dinosaurios" han vuelto invencibles esos males en Potrero, en Floralia, en Petecuy, en Mojica, en Siloé, en toda la ciudad.


Los ceros que los hombres de poder colocan a la derecha de las cifras de inversión social en Potrero Grande parecen ser fantasmas. Son ceros al servicio del cemento, ceros justificables para informes y rendiciones de cuentas. ¿Qué cómo me doy cuenta? Fácil y terrible: hay familias, menores, adultos, jóvenes y hasta ancianos que no conocen el Tecnocentro que está ahí enquistado desde hace tres años en el sector dos. Por las fronteras, por las balas, porque también la dinámica del mismo ha sido resguardarse de la violencia entre sus rejas blancas y sus ladrillos lisos. Parece ser que la estrategia política de muchos, en los últimos 20 años, ha sido la del dron. Ver desde la altura la problemática de los barrios. Ha sucedido con Potrero y otros. Sus declaraciones no pasan de argumentar que existe un  complejo cultural y educativo, que hay un CAI de Policía a cientos de metros, que existe un Colegio, que hay shuts de basura, parqueaderos, cámaras de seguridad, fundaciones, etc. Pero, ¿qué sucede adentro en Potrero Grande?

Basta con escuchar a las mujeres fundadoras del barrio, a mujeres que le dieron el lujo a un asentamiento como Brisas del Nuevo Amanecer, más de una década atrás, tener una pequeña Biblioteca Comunitaria con cinco mil títulos, que fue levantada de nuevo en dos ocasiones tras un incendio y una inundación. Hoy, esa Biblioteca es la trinchera más segura y potente que tienen los niños y las niñas de Potrero Grande en la Carrera 28d # 124a-33. Ahí situada tienen una "Puerta a la Sabiduría", la Biblioteca Infantil Comunitaria de la Fundación Coretta King.

Fachada de la casa donde funciona la Biblioteca de la Fundación Coretta King.


Ah, pero la trinchera también se arma afuera en esquinas, en zonas verdes, en medio de una calle con una frijolada completa para cerca de 250 personas que va acompañada de batallas de Rap, de manualidades, de Lectura en Voz Alta, de préstamos de libros, de torneos de fútbol, de charlas. Así de completas resultan las frijoladas de las mujeres de Coretta King. Esto no lo ha hecho el Tecnocentro y su política social de dinosaurios entretenidos. No. Todo funciona allá adentro. Todo lo contrario le sucede a Coretta, todo funciona afuera, donde hay que prevenir, evitar y empoderar.

A las tres de la tarde estaba en las afueras del Tecnocentro. Ahí sentí temor. ¡Boludo! Claro, el temor de los noticieros y de los amarillistas. ¡Qué bestia!

Sabía que iba a encontrar noticias positivas. Ya telefónicamente me habían confirmado de una calma de varios días en el barrio. Una pequeña emergencia estomacal me obligo a entrar al Tecnocentro. Contrario a lo que muchos piensan, los baños son relucientes, de una limpieza total.

Al paso se unió "Lola", una perra color negro. Fueron un par de cuadras por las que pude evidenciar tranquilidad, pero también ventanas rotas, remendadas con pedazos de madera y desvencijadas por el óxido. Ahí estaba, desapercibido para los visitantes, por la 128b, el Comedor Comunitario, uno de los lugares más queridos y valiosos para la población de Potrero Grande.

Martha Lucía Cuestas es la ideóloga de Coretta King. Estuvo de plácemes ese día. Es admirada, saludada, reconocida. El espacio es de 30 metros cuadrados, ahí se acomodan unas cuantas sillas rimax blancas y otras de colores que son para los niños. Cuenta Martha que asisten diariamente cerca de 200 personas de todas las edades, que pagan por sus almuerzos 500 pesos. Esos almuerzos, el comedor y su comida son la mayor bendición para esas personas que llegan con sus recipientes a llevar el almuerzo. Pero se ha pensado muy bien el comedor, lo digo porque luego de las dos de la tarde les han dado la oportunidad a madres adolescentes para capacitarse en producción de postres. Con eso, mínimamente se levantan la comida de un par de días.

En el años 2011 la Fundación Coretta King fue ganadora del Premio Por Una Cali Mejor. El premio fueron ocho millones de pesos que invirtieron en un CDT que luego reclamaron y procedieron a hacer un sueño realidad: comprar la casa donde funcionaría el proyecto y antes que todo, el comedor. Las paredes están pintadas de un azul cielo espléndido. Si, es un pedacito de cielo para 200 seres humanos. Son tres mujeres afrocolombianas, con estirpe de heroínas y sin afanes de éxito económico que le han puesto más que el alma a trabajar y darlo todo por el barrio más poblado de Cali (40 mil habitantes aproximadamente según proyecciones del DANE para el 2017).

Los enanos no faltan, ni sus trenzas. Se nota la pobreza material, pero abundan los saludos de buenas tardes y las sonrisas de los pequeños. Cada dos, tres o cada cuadra hay ladrillos ahuecados. El paso de las balas halladas y perdidas. Seguimos caminando mientras Martha me pregunta: ¿recuerdas ese vídeo donde se están enfrentando dos pandillas acá en Potrero Grande? ¿Recuerdas que salen unos jóvenes con un televisor y otros dando plomo? Mi mente vuela. Cómo olvidar ese titular amarillista: El Infierno en Potrero. Fue noticia nacional cómo dos grupos de jóvenes se enfrentaban en medio de una calle. Si Martha, claro que recuerdo, le dije. A lo que me respondió: es acá en este parqueadero, acá donde estamos parados.


Recordé esos movimientos de la cámara de seguridad y que la televisión nacional exportó a millones de televisores al medio día. Busqué la cámara. Arriba a mi derecha estaba ubicada. A todos nos pareció algo indignante, muestra de un subdesarrollo al que nadie le ha apostado a vencer. Para Martha son pantallazos difíciles de olvidar. El temor, el terror de esa tarde. Saqueos, balazos, una batalla campal completa. Esta calle fue durante mucho tiempo la frontera visible más dura, podría afirmar, de todo Cali, nadie, nadie podía pasar. Al día siguiente al suceso, uno de los muchachos apareció desmembrado, otros con el paso de los días, mientras los investigadores reconocían identidades con ayuda del vídeo, fueron capturados y enviados a Villahermosa, la cárcel de la ciudad.

La Biblioteca Infantil Comunitaria Puerta de Sabiduría pasa desapercibida. Todas las casas tienen estructuras similares, pero acá hay una reja que demarca el antejardin a diferencia de otras que no. Los vecinos trabajan la madera. En una buena proporción las calles aledañas se notan pobladas de un verde húmedo, el gris oscuro del asfalto ajusta los tonos y entendemos que esta no es ninguna calentura, que es un lugar amañador y digno para los que viven en esta etapa de Potrero.

En la entrada está el aviso, un par de juguetes plásticos y, custodiando las paredes, hasta el fondo están las estanterías, cerca de diez. Encima de las mesas de trabajo y en cajas de cartón se notan pinceles, hojas sueltas, colores, libros abiertos y cartulinas enrolladas. Huele a biblioteca, se escucha una biblioteca, se vive una trinchera. Pasé por cada uno de los diez estantes y pude contar máximo veinte libros infantiles. Martha con una pequeña sonrisa me explica que no hay libros, que no están ahí en la biblioteca.

Lo primero que pensé fue que no estaban ahí en la biblioteca. Quizás un ciudadano del común sentiría extrañeza y sarcásticamente diría que una biblioteca sin libros. Si, pero aquellos que hemos visto la necesidad tan tremenda de la Lectura y la Literatura en un barrio popular sabemos que no hay libros. Como dice Martha están en manos de ellos, de los enanos que viven a dos, seis casas, a otras cuadras o a otras etapas. ¡Qué felicidad! Y qué tristeza para muchos bibliotecarios que niegan el préstamo de un libro. O mejor no, qué felicidad también para ellos porque acá en lo comunitario no hay modelos, no existen informes cuantitativos y cualitativos, no es necesaria la foto, ni el número meta con el cual justificar y cumplir un contrato de prestación de servicios. Quizás se sienten atados y en contra de una voluntad que guerrea contra los modelos y defiende lo popular, lo que nace en la comunidad.

Y lo digo así porque Martha fue bibliotecaria pública y  fue nombrada Agente Cultural. El manejo público del saber y la educación se estandarizó, se convirtió en un proceso más de la tramitología y del país de la fotocopia. Las bibliotecas que han nacido de la comunidad no obligan a un proceso de estos. La biblioteca popular sale al terreno de lucha, ejecuta miedos, vence temores y ajusta las fuerzas de un pueblo salvajemente comercial. Y la historia cuenta la historia, como lo hace Puerta de Sabiduría.

Permanecí treinta minutos atrincherado escuchando a Martha. Uno, dos, cuatro y fueron cinco veces que llegaron los niños y niñas a mirar a través de los barrotes blancos de la biblioteca si pescaban a Martha, que desde su silla les pedía que mañana a primera hora la colocaba en servicio. No le resultó fácil negociar con ellos, en dos oportunidades se levantó de su silla para ir a explicarles en la puerta lo que sucedía. Al final la única opción era regresar mañana con los cuadernos bajo el brazo.

Resumiendo esos minutos puedo decir que en Potrero Grande falta mucho por hacer, pero yo aclararía que primero a Cali le deben pasar muchas cosas para que barrios como Potrero y otros cambien esa realidad social. Deben irse de instancias gubernamentales esos dinosaurios que piensan esta ciudad como un pueblito de antaño. Unos dinosaurios que han generado esa violencia desproporcionada que puede verse en los pasillos del Cementerio Central donde reposan los cuerpos del 80% de los jóvenes asesinados en los últimos veinte años. Dinosaurios amangualados robando lo público. Dinosaurios que ven en los jóvenes miniempresarios de calzado, de escobas, de postres y de ambientadores como si eso fuera a sacar a un país del subdesarrollo, como si cursos express de tres meses fueran a convertir a los jóvenes del distrito en directores de las grandes empresas, en secretarios gubernamentales, en gerentes públicos o en grandes científicos. A esos dinosaurios, Cali debe decirles: ¡Adiós!

Y muchas cosas más que no son el objetivo de lo que escribo. Hay grandes proyectos en marcha que pueden darle respiro por unas temporadas a este sector, pero no son suficientes, son esfuerzos de sus líderes que hacen con las uñas, pero bien limpias. En menos de un mes iniciará un bello programa de Lectura en las manzanas de Potrero, beneficiarán a cerca de 4.500 niños durante seis meses. Debemos sumar y hacer de este barrio una tierra más humana.

Recorremos nuevamente los pasos. Ya la tarde estaba cayendo y sentía que estaba en una ciudad no violenta, que la brisa arropaba las calles, que las familias salían afuera de sus hogares para ser cómplices del atardecer. Sentía que esta no era la "otra Cali" que llaman, que no hay otra, solo que esta es la otra orilla de este vividero.

Y saqué mi celular sin miedo, ahí mismo donde las balas del changó iban y venían meses atrás. Ahí en medio de un parqueadero fantasma habitado por un shut de basura semidestruido. Ahí escuché las sonrisas de los niños, el movimiento del balón, la algarabía. Y entendí que las comunidades tiene muchas herramientas para vivir historias felices... Y las viven y también son historias felices. Cómo esta.



Desde las Calles.
GG.

lunes, 31 de agosto de 2015

Sin pudor


Barrio Comuneros 1.
Están sentados en una de las mesas. Cuatro sillas. Quizás están descansando porque sobre la mesa no hay ese litro de gaseosa que anhelan un sábado a las 10:30 de la noche. La panadería está ubicada sobre una de las avenidas principales de la ciudad, una que la atraviesa por donde más le duele.

Sobre la mesa y en las manos hay cajas de chicles, muchas, como recién salidas de fábrica. Pero no, estas salieron hace mucho o quizás fueron las últimas que esos hombres, hoy en las afueras de su planta exigen no perder su empleo, hicieron.

Alexander tiene 18 años, indocumentado. Tez morena, 1.70 de estatura, porta una gorra sin emblemas. Las cajas de chicles en sus manos dicen dos cosas: que la vida le dio una oportunidad luego de la violencia o que en realidad ve que su futuro solo está en la venta de unas cajas de chicles.

Mauricio ha vivido solo 10 años, es el menor de la mesa y de esa empresa, que según cálculos del DANE, es la informalidad, el rebusque. Me dice con ese acento del pacifico que no lo ha perdido a pesar del miedo, que todos viven en Comuneros 1, en una de las invasiones.

Luego a quemarropa responde Deiby de 12. Que si, que viven en ese mismo barrio, en esa misma invasión, pero que como cada sábado en la noche están acá en la panadería, haciendo un pare, para seguir vendiendo chicles y poder regresar a casa, a su rancho.

Mi padre ya me había hablado de ellos. Había pedido que me rebuscara una decena de cuadernos para regalarles a unos niños que no iban a estudiar por esa razón. Supuse que los niños eran del sector. No fue así.

Roger tiene aspecto de futbolista, en realidad todos lo tienen. La delgadez adecuada, no producto de una rutina de ejercicios, sino una de hambre, de escases. Ha celebrado la vida once veces, la última de ellas fue hace meses con sus parceros en la Resbalosa, la discoteca que se reabrió sobre esa avenida principal muy cerca donde quedaba antiguamente, la Colonia Nariñense. Solo vive su Madre.


Vuelco mi mirada sobre la avenida y veo el semáforo con su luz en verde. Pienso en la hora, 10:50pm. Cuatro menores de edad vendiendo chicles en las discotecas, estancos, bares y billares del oriente, de barrios populares, para levantarse lo más mínimo y poder comer, comprarse un par de zapatillas, llevarle a su madre o ahorrar.

Mauricio dice que necesita los cuadernos para poder entrar a estudiar junto a sus socios, pero en realidad es para regresar al colegio de Comuneros Gabriel García Márquez sede Alfonso Bonilla Naar. Cuadernos, zapatos, morral, ánimo, esperanza y sobre todo un trabajo, un bendito empleo, lo que sea que dé unos cuantos pesos y no llevar la vida que se imagina: yendo al colegio con zapatos que le dio su Mamá con 4 días de trabajo, llevando dieta de desayuno escolar y con las notas por el suelo. Mauro no quiere eso. Mauro quiere seguir vendiendo sus chicles y estudiar, pero que al menos sienta que es útil teniendo unos cuantos billetes en sus bolsillos. Sí, es el menor de los 4.

En los bolsillos de Alexander, se nota una gran cantidad de monedas. El destino acerca a un hombre que en medio de sus tragos tira un billete de mil sobre las cajas de chicles y ordena que le den dos. Que el cambio se lo dejen, pero que ojalá no sea para vicio. En una reacción sorprendente Deiby, Mauro y Roger miran a Alexander mientras este agarra el billete y con un gesto en su cabeza y sus cejas, da a entender que le pasen los chicles al borracho. Dobla el dinero, lo lleva a su bolsillo y los tres menores bajan su mirada de resignación. Vuelvo la mirada al semáforo, al billar que este enseguida de la panadería, a los que paran ante la luz roja en motos, en carros, con rumbo a la rumba.

Están muy lejos de Comuneros. Con suerte, si las horas no avanzan mucho, podrán irse en transporte público, de lo contrario esperar un pirata que los lleve en 10 minutos. En realidad los veo caminando entre andenes, arboles, calles y la misma avenida para llegar. Una hora de camino. Incluso mucho después, si en el regreso continúan vendiendo sus chicles en los estancos, quioscos y cantinas que un sábado en la noche están más vivos que nunca.

Roger que solo lanzaba miradas en medio de la pena, pregunta por un par de zapatos talla 32 o unos guayos. Que por favor le ayude, los necesita para el mes siguiente porque este mes no pudo entrenar en la escuela de fútbol Haití. Yo vivo en la invasión Haití, dice mientras mira a Alexander.

Corrían ya las 11:00pm, debía regresar a casa. Agarré la bolsa de pan y solo atinaron a decirme que no se me olvidara, que el próximo sábado nos veíamos en ese mismo lugar. Salí al andén y mientras caminaba recordé cuando conocí Comuneros. Trabajaba para la Administración Municipal en temas de Paz y Derechos Humanos. Al sector llegaba una avanzada, ahí estaba yo.

Decenas de policías se ubicaban en las esquinas, los niños y niñas en medio de la expectativa preguntaban si venía el Presidente, el Alcalde o un Cantante. Las mujeres hablaban entre ellas de lo que podía divisarse. No era posible ver a hombres mayores o a jóvenes.

Me aleje de la algarabía y del tumulto, de la policía y caminé al final de la calle. A la derecha había una cancha de fútbol empolvada, una malla oxidada, derrumbada, a pedazos. Ese no era el final de la calle. Mis compañeros me advirtieron con gestos del peligro que era cruzar esa frontera. Me detuve ahí.

Llegaron dos niñas y un niño. Llevaba puesto mi chaleco. Me hicieron las mismas preguntas. Si era el Alcalde, el Presidente al que todos esperaban. Les pregunté si había una biblioteca cerca. No. El niño con una sonrisa que buscaba la verdad, me dice: ¿van a arreglar la cancha? ¿Van a hacer un cine? ¿Van a hacer una piscina? Deben esperar al Alcalde que en poco llega, les dije.

Adentro, metros y metros adentro de donde estaba, se encontraban las invasiones de Comuneros Haití, Brisas, un mismo dolor, un mismo miedo. Ellos, los niños, vivían allá. Pregunté por la violencia, por el peligro y regresaron a los callejones por donde no volví a verlos.

El desarrollo no llegó, al menos el Alcalde llevó sus soluciones o planes hasta ese límite, hasta esa calle donde terminaba un barrio y empezaba un país. Uno donde hay niños con sueños, con sonrisas por encima de todo mal. Pensé llegando a casa.

A esta hora, 2:09am, Alexander, Roger, Mauro y Deiby deben estar llegando a sus ranchos. Esperanzados y resignados.