domingo, 30 de octubre de 2016

Potrero Grande, la otra orilla



Hace dos años no regresaba a Potrero Grande. Las zonas verdes que atrás eran extensas y solitarias, hoy tienen grandes construcciones como respuesta del Estado a sus necesidades cuando se mataban los pelaos de 12, 15 y 20 años entre sus doce etapas (aún sucede). Un parque en construcción, canchas sintéticas, juegos biosaludables, Centro de Desarrollo Infantil, pero el mismo y único colegio público administrado por los privados. Persiste el gigantesco estigma de ghetto peligroso, feo, caliente. Hay muchas huellas de la violencia urbana entre sus calles y en las ventanas o puertas de sus viviendas. Todos esos males que, hace un par de años pusieron en alerta a toda la ciudad y hasta la misma ONU y hoy se perciben colgando de las esquinas a veces en stand by, a veces como guachimanes, es un tatuaje que ningún héroe público ni ninguna liga de superhéroes municipal o nacional ha podido vencer. Al contrario, "esos dinosaurios" han vuelto invencibles esos males en Potrero, en Floralia, en Petecuy, en Mojica, en Siloé, en toda la ciudad.


Los ceros que los hombres de poder colocan a la derecha de las cifras de inversión social en Potrero Grande parecen ser fantasmas. Son ceros al servicio del cemento, ceros justificables para informes y rendiciones de cuentas. ¿Qué cómo me doy cuenta? Fácil y terrible: hay familias, menores, adultos, jóvenes y hasta ancianos que no conocen el Tecnocentro que está ahí enquistado desde hace tres años en el sector dos. Por las fronteras, por las balas, porque también la dinámica del mismo ha sido resguardarse de la violencia entre sus rejas blancas y sus ladrillos lisos. Parece ser que la estrategia política de muchos, en los últimos 20 años, ha sido la del dron. Ver desde la altura la problemática de los barrios. Ha sucedido con Potrero y otros. Sus declaraciones no pasan de argumentar que existe un  complejo cultural y educativo, que hay un CAI de Policía a cientos de metros, que existe un Colegio, que hay shuts de basura, parqueaderos, cámaras de seguridad, fundaciones, etc. Pero, ¿qué sucede adentro en Potrero Grande?

Basta con escuchar a las mujeres fundadoras del barrio, a mujeres que le dieron el lujo a un asentamiento como Brisas del Nuevo Amanecer, más de una década atrás, tener una pequeña Biblioteca Comunitaria con cinco mil títulos, que fue levantada de nuevo en dos ocasiones tras un incendio y una inundación. Hoy, esa Biblioteca es la trinchera más segura y potente que tienen los niños y las niñas de Potrero Grande en la Carrera 28d # 124a-33. Ahí situada tienen una "Puerta a la Sabiduría", la Biblioteca Infantil Comunitaria de la Fundación Coretta King.

Fachada de la casa donde funciona la Biblioteca de la Fundación Coretta King.


Ah, pero la trinchera también se arma afuera en esquinas, en zonas verdes, en medio de una calle con una frijolada completa para cerca de 250 personas que va acompañada de batallas de Rap, de manualidades, de Lectura en Voz Alta, de préstamos de libros, de torneos de fútbol, de charlas. Así de completas resultan las frijoladas de las mujeres de Coretta King. Esto no lo ha hecho el Tecnocentro y su política social de dinosaurios entretenidos. No. Todo funciona allá adentro. Todo lo contrario le sucede a Coretta, todo funciona afuera, donde hay que prevenir, evitar y empoderar.

A las tres de la tarde estaba en las afueras del Tecnocentro. Ahí sentí temor. ¡Boludo! Claro, el temor de los noticieros y de los amarillistas. ¡Qué bestia!

Sabía que iba a encontrar noticias positivas. Ya telefónicamente me habían confirmado de una calma de varios días en el barrio. Una pequeña emergencia estomacal me obligo a entrar al Tecnocentro. Contrario a lo que muchos piensan, los baños son relucientes, de una limpieza total.

Al paso se unió "Lola", una perra color negro. Fueron un par de cuadras por las que pude evidenciar tranquilidad, pero también ventanas rotas, remendadas con pedazos de madera y desvencijadas por el óxido. Ahí estaba, desapercibido para los visitantes, por la 128b, el Comedor Comunitario, uno de los lugares más queridos y valiosos para la población de Potrero Grande.

Martha Lucía Cuestas es la ideóloga de Coretta King. Estuvo de plácemes ese día. Es admirada, saludada, reconocida. El espacio es de 30 metros cuadrados, ahí se acomodan unas cuantas sillas rimax blancas y otras de colores que son para los niños. Cuenta Martha que asisten diariamente cerca de 200 personas de todas las edades, que pagan por sus almuerzos 500 pesos. Esos almuerzos, el comedor y su comida son la mayor bendición para esas personas que llegan con sus recipientes a llevar el almuerzo. Pero se ha pensado muy bien el comedor, lo digo porque luego de las dos de la tarde les han dado la oportunidad a madres adolescentes para capacitarse en producción de postres. Con eso, mínimamente se levantan la comida de un par de días.

En el años 2011 la Fundación Coretta King fue ganadora del Premio Por Una Cali Mejor. El premio fueron ocho millones de pesos que invirtieron en un CDT que luego reclamaron y procedieron a hacer un sueño realidad: comprar la casa donde funcionaría el proyecto y antes que todo, el comedor. Las paredes están pintadas de un azul cielo espléndido. Si, es un pedacito de cielo para 200 seres humanos. Son tres mujeres afrocolombianas, con estirpe de heroínas y sin afanes de éxito económico que le han puesto más que el alma a trabajar y darlo todo por el barrio más poblado de Cali (40 mil habitantes aproximadamente según proyecciones del DANE para el 2017).

Los enanos no faltan, ni sus trenzas. Se nota la pobreza material, pero abundan los saludos de buenas tardes y las sonrisas de los pequeños. Cada dos, tres o cada cuadra hay ladrillos ahuecados. El paso de las balas halladas y perdidas. Seguimos caminando mientras Martha me pregunta: ¿recuerdas ese vídeo donde se están enfrentando dos pandillas acá en Potrero Grande? ¿Recuerdas que salen unos jóvenes con un televisor y otros dando plomo? Mi mente vuela. Cómo olvidar ese titular amarillista: El Infierno en Potrero. Fue noticia nacional cómo dos grupos de jóvenes se enfrentaban en medio de una calle. Si Martha, claro que recuerdo, le dije. A lo que me respondió: es acá en este parqueadero, acá donde estamos parados.


Recordé esos movimientos de la cámara de seguridad y que la televisión nacional exportó a millones de televisores al medio día. Busqué la cámara. Arriba a mi derecha estaba ubicada. A todos nos pareció algo indignante, muestra de un subdesarrollo al que nadie le ha apostado a vencer. Para Martha son pantallazos difíciles de olvidar. El temor, el terror de esa tarde. Saqueos, balazos, una batalla campal completa. Esta calle fue durante mucho tiempo la frontera visible más dura, podría afirmar, de todo Cali, nadie, nadie podía pasar. Al día siguiente al suceso, uno de los muchachos apareció desmembrado, otros con el paso de los días, mientras los investigadores reconocían identidades con ayuda del vídeo, fueron capturados y enviados a Villahermosa, la cárcel de la ciudad.

La Biblioteca Infantil Comunitaria Puerta de Sabiduría pasa desapercibida. Todas las casas tienen estructuras similares, pero acá hay una reja que demarca el antejardin a diferencia de otras que no. Los vecinos trabajan la madera. En una buena proporción las calles aledañas se notan pobladas de un verde húmedo, el gris oscuro del asfalto ajusta los tonos y entendemos que esta no es ninguna calentura, que es un lugar amañador y digno para los que viven en esta etapa de Potrero.

En la entrada está el aviso, un par de juguetes plásticos y, custodiando las paredes, hasta el fondo están las estanterías, cerca de diez. Encima de las mesas de trabajo y en cajas de cartón se notan pinceles, hojas sueltas, colores, libros abiertos y cartulinas enrolladas. Huele a biblioteca, se escucha una biblioteca, se vive una trinchera. Pasé por cada uno de los diez estantes y pude contar máximo veinte libros infantiles. Martha con una pequeña sonrisa me explica que no hay libros, que no están ahí en la biblioteca.

Lo primero que pensé fue que no estaban ahí en la biblioteca. Quizás un ciudadano del común sentiría extrañeza y sarcásticamente diría que una biblioteca sin libros. Si, pero aquellos que hemos visto la necesidad tan tremenda de la Lectura y la Literatura en un barrio popular sabemos que no hay libros. Como dice Martha están en manos de ellos, de los enanos que viven a dos, seis casas, a otras cuadras o a otras etapas. ¡Qué felicidad! Y qué tristeza para muchos bibliotecarios que niegan el préstamo de un libro. O mejor no, qué felicidad también para ellos porque acá en lo comunitario no hay modelos, no existen informes cuantitativos y cualitativos, no es necesaria la foto, ni el número meta con el cual justificar y cumplir un contrato de prestación de servicios. Quizás se sienten atados y en contra de una voluntad que guerrea contra los modelos y defiende lo popular, lo que nace en la comunidad.

Y lo digo así porque Martha fue bibliotecaria pública y  fue nombrada Agente Cultural. El manejo público del saber y la educación se estandarizó, se convirtió en un proceso más de la tramitología y del país de la fotocopia. Las bibliotecas que han nacido de la comunidad no obligan a un proceso de estos. La biblioteca popular sale al terreno de lucha, ejecuta miedos, vence temores y ajusta las fuerzas de un pueblo salvajemente comercial. Y la historia cuenta la historia, como lo hace Puerta de Sabiduría.

Permanecí treinta minutos atrincherado escuchando a Martha. Uno, dos, cuatro y fueron cinco veces que llegaron los niños y niñas a mirar a través de los barrotes blancos de la biblioteca si pescaban a Martha, que desde su silla les pedía que mañana a primera hora la colocaba en servicio. No le resultó fácil negociar con ellos, en dos oportunidades se levantó de su silla para ir a explicarles en la puerta lo que sucedía. Al final la única opción era regresar mañana con los cuadernos bajo el brazo.

Resumiendo esos minutos puedo decir que en Potrero Grande falta mucho por hacer, pero yo aclararía que primero a Cali le deben pasar muchas cosas para que barrios como Potrero y otros cambien esa realidad social. Deben irse de instancias gubernamentales esos dinosaurios que piensan esta ciudad como un pueblito de antaño. Unos dinosaurios que han generado esa violencia desproporcionada que puede verse en los pasillos del Cementerio Central donde reposan los cuerpos del 80% de los jóvenes asesinados en los últimos veinte años. Dinosaurios amangualados robando lo público. Dinosaurios que ven en los jóvenes miniempresarios de calzado, de escobas, de postres y de ambientadores como si eso fuera a sacar a un país del subdesarrollo, como si cursos express de tres meses fueran a convertir a los jóvenes del distrito en directores de las grandes empresas, en secretarios gubernamentales, en gerentes públicos o en grandes científicos. A esos dinosaurios, Cali debe decirles: ¡Adiós!

Y muchas cosas más que no son el objetivo de lo que escribo. Hay grandes proyectos en marcha que pueden darle respiro por unas temporadas a este sector, pero no son suficientes, son esfuerzos de sus líderes que hacen con las uñas, pero bien limpias. En menos de un mes iniciará un bello programa de Lectura en las manzanas de Potrero, beneficiarán a cerca de 4.500 niños durante seis meses. Debemos sumar y hacer de este barrio una tierra más humana.

Recorremos nuevamente los pasos. Ya la tarde estaba cayendo y sentía que estaba en una ciudad no violenta, que la brisa arropaba las calles, que las familias salían afuera de sus hogares para ser cómplices del atardecer. Sentía que esta no era la "otra Cali" que llaman, que no hay otra, solo que esta es la otra orilla de este vividero.

Y saqué mi celular sin miedo, ahí mismo donde las balas del changó iban y venían meses atrás. Ahí en medio de un parqueadero fantasma habitado por un shut de basura semidestruido. Ahí escuché las sonrisas de los niños, el movimiento del balón, la algarabía. Y entendí que las comunidades tiene muchas herramientas para vivir historias felices... Y las viven y también son historias felices. Cómo esta.



Desde las Calles.
GG.