lunes, 28 de noviembre de 2016

El central

  

- Viene Vergel… Jum.


Esa sencilla frase sembró el pánico. Los de las flores, los helados, los vigilantes, los de las frutas y ella misma, la señora de los cholados, todos apresuraron el paso para encaletar sus celulares, sus bolsos de mano y el escaso dinero que tenían a mano. Pero también estaban tranquilos, era el momento de vender, el momento en que sus negocios ambulantes podrían producir algo de dinero.

Antes que llegara la caravana escuché todas esas minihistorias trágicas que ella había presenciado en aquel lugar en sus 30 años de labor informal. Sin tener algún vínculo con este sitio, me imaginaba que solo había sucedido un par de cosas y que todo era mala fama. Qué equivocado estaba. A la masacre de seis personas tenía ahora que sumarle una decena de muertos más, miles de atracos en años, enfrentamientos, heridos y mil trifulcas que quedaron ahí.

Mis recuerdos venían desde el fallecimiento de mi abuelo materno. Todo era común. Tenía 11 años y corrían los años noventa, más exactamente el año 1996. Las pandillas estaban en auge, pero de las primeras que se enfrentaron con piedras, palos y machetes. También era la época de carros bomba y la maldita herencia del narcotráfico de segunda generación. Nada salido de lo normal. Incluso las visitas cada domingo durante los cuatro años siguientes.



De ahí recordaba también los puestos de flores que iban de esquina a esquina, el olor a pino, a flor de mirto y esa sensación de humedad que tenían esos cuadritos verdes donde clavaban las flores y las ramas de pino. Pero un recuerdo violento no existía, hasta aquel día de la masacre.



Esa tarde la noticia se difundió por las emisoras de radio del am, luego pasó a boca de barrio y la ciudad ya sabía que, dentro del Cementerio Central, en una balacera habían muerto seis personas. Muchos asociamos este hecho a enfrentamiento entre pandillas de algún joven que estaban sepultando, pero no. Cuatro horas después, el noticiero local emitía la primicia. Por los jardines, pasillos y tapias del cementerio fueron asesinados seis sujetos de una misma familia en ajuste de cuentas por narcotráfico. Cali dolió una vez más.

EN LAS PUERTAS DEL CENTRAL


Estoy sentado sobre un bolardo que delimita el área del puente peatonal de la Carrera 1 con Calle 30, en la comuna 4. Frente a mí, hay escasas dos ventas de flores en las que se pueden contar no más de 30 ramos y 6 coronas. Son las tres de la tarde y los parqueaderos de motos empiezan vertiginosamente a coparse. Así mismo los vendedores, de uno de helados a tres, de un guía de parqueadero a tres. Hay pánico por la procedencia del entierro, ya todos están en pie de lucha. Normalmente los que vienen de barrios como Sucre, el Retiro, el Vergel, Manuela Beltrán, Alfonso Lopez o Antonio Nariño siempre terminan en balaceras, en robos y en presencia de decenas de uniformados de la policía. Los vendedores rectifican el barrio, es del Retiro.

A lo lejos puede escucharse una sirena acompañada de pitos que van aumentando los decibeles. En cuestión de segundos una manada de motos gira a la derecha sobre la Carrera primera, justo ahí en la Calle 30 en sentido centro-oriente. Colman los parqueaderos. Detrás de los motorizados llegan los vehículos particulares, llegan con sorpresa tres camionetas blancas modelo sustitución de carretillas, abarrotadas de jóvenes en la parte trasera, luego un bus modelo 80 de color blanco con bandas horizontales verdes. Todos se bajan. Al otro costado sobre la misma Calle 30 pero con Carrera 3 otro bus llega con dolientes.

La raspadora manual de hielo empieza su trabajo, los cucharones del salpicón también. El celular de los minutos, las neveras de cerveza, los empaques de helado, las flores, todo entra en acción, incluso las compuertas del cementerio se abren dando paso al coche fúnebre que en su parte trasera lleva una cinta morada con letras doradas, en la que se puede leer el nombre de Miguel Antonio. En la parte delantera, a la derecha del conductor una mujer de tez morena llora desconsolada. Es la madre de Miguel.

Los jóvenes se ven cargados de odio, otros llevan cerveza a la mano o ron. Por ahora todo transcurre en normalidad. Sacó mi celular, veo la hora: 3:23Pm. Lo guardo de nuevo y mientras exprime un limón sobre una montañita de hielo en un vaso, me dice: guarde eso papi... adentro eso es muy peligroso, vea que hace un mes sacaron a un muchacho muerto de allá, le pegaron dos tiros por robarle el celular y la gente del cementerio vinieron a dejarlo acá afuera para no calentar más al cementerio. Dios lo proteja papi. Por acá a la orden. 


Entro al Cementerio. No a acompañar el sepelio. No. Entro una vez más a recorrer los pasillos, a ver las fotografías de los muchachos, de los pelaos, de los niños que han muerto, que han matado o se han matado. Entro a entender esa cifra de 10.520 menores de edad asesinados en los últimos quince años, según una excelente investigación del Diario El País: El Mapa de la Muerte, 15 años de homicidios en Cali. Eso no se entiende. Para la ciudad es una cicatriz abierta, mal suturada y escondida bajo una camisa. No es pública, nadie la ve. 


En las lapidas de los pasillos hay fotos de menores de edad con fierros en mano, con pachas (arma artesanal), pelaos montados en moto, con camisetas del deportivo Cali y del América, fotos de menores asesinados a balazos, por robar, por amar, por caminar, porque sí. Fotos a blanco y negro. Pero algo me sorprende y es que los muchachos que están ahí en cuatro paredes de madera en una bóveda son de la generación del celular, eso lo dicen las decenas de fotos estilo selfie, que quizás sus familiares o amigos tomaron de alguna red social y las pegaron ahí para recordarlo en medio de sonrisas, de gestos o en lugares inolvidables.

El Distrito de Aguablanca y la ladera, por lo general son las zonas socialmente más olvidadas de la ciudad, son las que han puesto esos muertos. ¿Cuántos gerentes, docentes, científicos, inventores, matemáticos, profesionales y líderes, ha perdido la ciudad en medio de esa guerra urbana de las pandillas, las bandas, las oficinas y el microtráfico? Todos diría yo. ¿A quién le ha interesado desde hace 20 años los muertos diarios que pone el oriente o la ladera? A nadie.

Programas y proyectos para alejar los jóvenes de la droga, de la delincuencia y de las pandillas se han ejecutado cantidades, unos sin continuidad, otros con oportunidades mediocres de emprendimiento. Mediocres, porqué los jóvenes en situación de vulnerabilidad no van a cambiar sus vidas a punta de trapeadores, de sandalias en cuero o ambientadores. Por lo menos no en la cantidad que necesita nuestra ciudad. Necesitamos que cerca de 500,000 jóvenes tengan verdaderas oportunidades de laborar, de educarse no con cursos, sino con carreras, con postgrados, con especializaciones y doctorados. Creo que nadie a su paso por la Alcaldía le ha metido la ficha a una esperanza de este tipo. Que bueno sería.





Así es... En esta ciudad de furia enceguecida y de inmoralidad diaria han muerto tantos jóvenes que podría abrirse, con el paso de los años, un brecha generacional y económica en la ciudad tan grande que afectaría (ya está sucediendo), el desarrollo de nuestra ciudad. Vivimos toda nuestra vida creyendo que esto es solo salsa, fútbol y trabajo, que Cali es una ciudad donde gobiernan los mismos para los mismo hace más de 30 años, para los grandes intereses, para las empresas de apellidos rimbombantes. Nadie ha gobernado para la Cali excluida o la otra Cali como la llaman algunos columnistas de opinión o medios de comunicación. Somos una urbe acostumbrada a que asesinen a seis personas en promedio  cada día de todos los años en los últimos treinta. Eso no está bien. 



Los pasillos son oblicuos en su mayoría, otros rectos. La historia dice que el diseño del Cementerio Central de Cali obedece al proyecto del Ingeniero Emilio Sardi del año 1904. Inicialmente la idea era formar un trébol con círculos. Posteriormente fueron adicionándole columnas y pasillos que hacen de este diseño algo enigmático para cualquier ojo humano.  

LOS GRAFITIS DEL CENTRAL

Esa búsqueda de menores en las lápidas del Cementerio me ha llevado a reconocer la forma de los pasillos del Cementerio, pasillos que se han convertido en esquinas y calles para los muchachos, para las pandillas, los enamorados y los dolidos. En una respuesta a dominar el espacio territorial, así mismo como funciona en los barrios, las calles y las esquinas, dentro del Cementerio se puede observar las rastros del dolor poético o la rabia literaria.











Ahí podemos ver la fuerza de una juventud descarrilada, sin horizonte. La violencia y sus consecuencias han significado una verticalidad tan profunda en los últimos años, que es entendible tanta rabia y tanta desazón, son en promedio dos menores de edad asesinados en los últimos 15 años cada día, sin descanso. 

EL MIEDO 

Poco a poco voy sintiendo que tras los pasillos recorridos, vienen personas analizándome. Varios pares de jóvenes se ven por todos lados. Tengo que apresurar el paso. En esa carrera finalizando un costado hay dos menores y una jovencita. El aire huele a marihuana, uno de ellos arrodillado le canta y sostiene con sus dedos un cacho de la hierba. Los otros dos van en ese viaje largo y aletargado. Lloran y golpean fuertemente la lápida. No es dolor, es rabia contra la sociedad y la vida, tan solo tenía 15 años su amigo.

El pasillo se acaba y en un costado hay un hombre con los brazos extendidos como si entendiera mi prisa y correría.


El Central se siente caliente, desde la parte trasera llegan tres sonido seguidos y secos. Son balazos. Un auxiliar de policía corre desde la entrada, atraviesa la alameda que da a la Iglesia y se pierde detrás de ella. Huele a marihuana a tufo de licor. Giro atrás y una postal hermosa me despide...



Solo fueron disparos al aire, de esa cultura absurda, esas balas que en los últimos 15 años acabaron con 311 vidas. En medio de una tristeza enorme llego al portón. Este es el central...



Desde las calles,
GG.