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domingo, 10 de enero de 2021

Porqué canto así





Un pequeño bombillo de filamento cuelga del techo de la habitación de Vicente. Del mismo cable que llega al plafón se desprende un pedazo a media altura donde conecta su radio, el cargador de su celular y una pequeña estufa eléctrica de un puesto. En la habitación hay zapatos por doquier, botellas de pegantes, suelas, humedad y un tufillo a cuero curtido. Es lunes y el reloj corta la tarde en las dos y seis segundos. El radio está sintonizado en el am generando una interferencia. Vicente trata de encontrar los 1380AM. Lo encuentra y en toda la habitación suena una voz tipo barítono. Aumenta el volumen:

 -        A partir de este momento la emisora Armonías del Palmar se complace en presentar su programa Los Señores del Tango…

Vicente se sienta en un retazo de espuma que tiene sobre una silla rimax blanca y alcanza un vaso desechable de donde sale vapor. Es café. Siente hambre. Recuerda que, a esta hora en la normalidad, estaría reparando zapatos, pegando suelas y limpiando sus gafas cada diez minutos, que a eso de las tres de la tarde Damaris siempre llegaba con porta plástico con comida, regularmente arroz, frijoles y huevo en sol, en ocasiones llegaba con una proteína diferente, carne desmechada o un ala apanada. Van veintisiete días desde que Damaris lo abandonó, desde que ese berraco virus paró todo y lo encerró en su habitación en el barrio Sucre. Sus tres hijos, dos varones y una dama, no volvieron por él cuándo a causa de un preinfarto lo llevaron al San Juan de Dios. De eso van quince años, de los cuales diez y medio se gana la vida como zapatero en la dieciséis con diez. Llegó el coronavirus y la vida se puso más dura. En un pequeño calendario de una peletería del centro de la ciudad tiene tachados trece días del mes de abril. Son los días en que no ha podido comer absolutamente nada.

 

Vive hace setenta y tres años. Con Damaris convivió un año en la que le dio de todo lo posible. Un techo, sexo, licor, ropa y sin duda los más hermosos zapatos. La ama y lo siente cuándo canta con el alma el tema que suena en la radio:


... Mientas tanto que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros,

sean una larga fila de riquezas y placer;

que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos

que te abrás en las paradas con cafishios milongueros

y que digan los muchachos: "es una buena mujer".


Y mañana cuando seas descolado mueble viejo

y no tengas esperanzas en el pobre corazón;

si precisás unaayuda, si te hace falta un consejo,

acordáte de este amigo que ha de jugarse el pellejo

pa'yudarte en lo que pueda... cuando llegue la ocasión.


Cantó en tono de revancha entre lloriqueo. Recordó al hijueputa de Armando el cerrajero, por quien lo dejó Damaris. El radio continuó:


-        Acabamos de escuchar al Varón del Tango, Julio Sosa. El tango mano a mano en Armonías del Palmar. 2:08 de la tarde. Seguimos con este espacial del Varón del Tango…

***

A Vicente lo conocí en un hogar geriátrico solidario donde llegaban los abuelos abandonados en las calles y en los hospitales. Le compartía libros, pan, cigarrillos y tangos. Luego de compartir un saludo y de presentarnos, me dijo que le regalara un radio y unos audífonos, así fuera de segunda mano, recalcó. Aquella tarde me dijo que era tangófilo, que la vida que le había tocado vivir desde que sus hijos lo abandonaron siempre fue llena de pobreza, de dificultad, que la dureza de la infancia y la juventud, que había vivido sus padres, siempre lo perseguía. En el hogar geriátrico siempre la tristeza fue su carácter. 




Un par de años después perdí su rastro. Hasta hoy que lo encontré accidentalmente mientras acompañaba una campaña de entrega de alimentos. Alguien gritó desde una ventana que en la 11c-24, adentro, muy al fondo vivía un viejo muy necesitado que no tenía a nadie y que estaba pasando días sin comer. La vivienda era un inquilinato oscuro, de mala muerte como muchos en Sucre, El Calvario y el centro. Se hizo entrega de la ayuda alimentaria a la familia que vivía en la parte delantera y caminé hasta el fondo a buscar ese viejo del que hablaban. La puerta de la habitación era una cortina sucia, con varios orificios. Saludé. Sonaba el radio. Saludé nuevamente. La cortina se corrió velozmente. Era Vicente, el viejo canoso, lector y fumador que había huido del ancianato buscando una mejor vida. No me reconoció, quizá el tapaboca le esfumó de la memoria la idea de quién era, quizá el tiempo, la edad, la dureza de su vida o la pobreza le habían hecho olvidar a alguien tan fugaz como yo.

 


No pronunció palabra, fijó sus ojos en la bolsa en la que se podían ver enlatados, arroz, granos, crema dental, café, plátanos. Regresó dentro de su habitación con paso cansado. No me dijo nada, pero entré. Sabía quién era, había intimado conversaciones con él tiempo atrás, nos habíamos contado la vida, títulos de libros, sonrisas y muchas letras de canciones de tango que le parecían una adicción literaria.  Coloqué la bolsa sobre el suelo y encontré una habitación llena de pobreza, de soledad. Vicente buscó el interruptor y encendió el bombillo, toma asiento y sintoniza su radio:


-        A partir de este momento la emisora Armonías del Palmar se complace en presentar su programa Los Señores del Tango…


***



En dos minutos me lo contó todo. Aún sin saber quién era ese detrás de las gafas y el tapaboca. Se limpió las lágrimas en seco con los dedos de la mano derecha, mientras con la otra se llevó el café hirviendo a la boca y en tres grandes tragos lo terminó.


-      Soy un viejo que vive de la zapatería, de arreglar cinco pares de zapatos al día, no tengo familia, a nadie, nadie viene acá. Así me voy a morir. – sostuvo.

 

Traté de ser consecuente con su tristeza y le compartí un pan que venía dentro de la bolsa. Comió y me acerqué al calendario sobre la pared. Los días de abril 3, 7, 11, 14 y 18 estaban tachados con un bolígrafo rojo, los otros, 22, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y 30, con orificios rasgados en el calendario.

-        Don Vicente, ¿no ha comido nada en esos días? – pregunté.

-        Café, agua, banano, o un plato de sopa al día que da Alex cuando puedo salir. Créame hijo que maldigo esta hijueputa vida que me está matando. Vivo desesperado acá encerrado, sin hacer nada, aguantando hambre, solo, solo. Con mi zapatería sobrevivía, pagaba esta pieza, comía tres veces al día, jugaba chance, mis cigarrillos que no faltaban y hasta quedaba para ir al Farol. Nadie piensa en mí, ahora hablan de mí porque saben que aguanto hambre, porque esto por acá está lleno de necesidad, nadie trabaja, no viene el gobierno. El único que ayuda es Alex, ese regala comida, pero yo no siempre puedo salir, si salgo me pueden dejar afuera porque no tengo cómo pagar la pieza. Esta es una vida muy triste – confesó alterado, volviendo al llanto-.

 

Era claro que la solución no estaba en la bolsa que había dejado en el piso. No supe qué hacer, si quitarme el tapaboca y mirarlo o lanzar un hasta luego y salir de ahí rápidamente. El hedor en la habitación era fuerte, traspasaba levemente el tapaboca. En la radio continuaba el especial:

 -        Ahora el Varón del Tango canta la Cumparsita…

Pido permiso señores.

Este tango... este tango habla por mi

Y mi voz entre sus sones dirá

Dirá por qué canto así…

Vicente cantaba fuerte, como si Julio Sosa hubiese encarnado en su voz. Cerraba sus ojos, empuñaba sus manos y seguía el ritmo del bandoneón levantando sus rodillas como lo tuviera sobre sus piernas.

 -        ¡Y yo me hice en tangos porque...! porque el tango es macho!

¡Porque el tango es fuerte!

Tiene olor a vida

Tiene gusto... a muerte

Porque quise mucho, y porque me engañaron

Y pase la vida masticando sueños

Porque soy un árbol que nunca dio frutos

Porque soy un perro que no tiene dueño

Porque tengo odios que nunca los digo

Porque cuando quiero, porque cuando quiero me desangro en besos

Porque quise mucho, y no me han querido

Por eso, canto, tan triste...

¡Por eso!


Fue un canto de tristeza profunda, con fuerza. Decidí explicarle lo que contenía la bolsa y asegurarle que le duraría como mucho una semana. Que era el esfuerzo de una fundación por dar alimentos en tiempos de cuarentena. No le importaría, la vida lo estaba acabando, la situación de confinamiento le estaba acabando la moral, la fuerza de resistencia que había encontrado en el tango. Sin pensarlo esa tenacidad que encontraba en la letra de los tangos podía ser su salvación o su fin.

 -        Esta cuarentena nos va a matar de hambre a todos, pobres viejos. Este jueputa gobierno nos mató.

A la cortina llegó Jhon Freddy buscándome, que había que seguir rápido, que me moviera. Levanté la mano en señal de adiós y la mirada confundida. Él respondió asintiendo con la cabeza y me marché con la impotencia de creer en la letra de ese tango, de creer en la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre llega.


Desde las calles,

GG.



lunes, 16 de enero de 2017

Padres que drogan.

Hace poco más de dos meses me embarqué en un viaje por las entrañas, esquinas, calles y recovecos de mi ciudad. Terminando el año, en esos cuadres que uno hace de lo que trajo y se llevó ese nuevo ciclo, recordé la historia de dos amigos, con destinos diferentes pero cuyos papás habían desencadenado en ellos el inicio desmesurado en las drogas, CONSCIENTE e INCONSCIENTEMENTE.

En paz por sus destinos y en justicia por los actos de sus viejos, este par de crónicas rápidas:

MI PAPÁ ME ENSEÑÓ A DROGARME INCONSCIENTEMENTE
Recuerdo muy bien que era un 24 de diciembre. Salí de trabajar con mi papá con destino a un centro comercial del sur a comprar la ropa para aquella noche. Luego, camino a casa se detuvo en unos quioscos que eran tomaderos y estaban a una distancia de cinco cuadras de la casa. Entretanto le dije que iría a cambiarme de ropa. Hasta ahí yo un pelao de 10 años que había aprendido a tomar cerveza y aguardiente en cunchos que mi papá dejaba en las botellas cuando ya la borrachera lo mandaba al suelo y lo vencía.

En casa tenía un vaso pequeño y especial para servir el trago. Cuando llegaba y las fuerzas solo le daban para llegar hasta dos pasos dentro de la casa y caía, yo me dedicaba a buscar esa copita y a echar los cunchos ahí y subir a la terraza de la casa, ya sea solo o con mis amigos de infancia. Cada ocho días no faltaba la tomada.

Llegué a casa, tomé un baño y me coloqué la ropa a estrenar. Fui a la habitación de mi papá a buscar un perfume. Abrí su armario y ahí estaba. Junto a ella había una caja que guardaba unas gafas que me llamaron mucho la atención. Ahí debajo de las gafas, justo ahí, había una bolsita con un polvo blanco. Primera vez que veía una cosa de esas en mi casa y en mi vida. La guardé en mi pantalón y salí a la calle en busca de mis amigos.

El primero con el que me topé fue Rubén. Chocamos las manos e inmediatamente le pregunté:

·         Parcero, ¿vos sabés qué es esto? -le enseñé ese polvito blanco en la palma de mi mano-.
·         Un bolso. Eso es perico. ¿Te vas a drogar?
·         No nada como se le ocurre. Y, ¿cómo se meten eso ve?
·         Fácil, cogés un pitillo o la punta de una llave y te llevás una esquirla de eso a la nariz e inhalás fuerte. Y te dejás llevar…

Yo lo miré pensativo mientras me imaginaba la escena. Lo guardé y seguimos caminando hablando de mujeres y de los otros panas. Al otro día sentía mucha curiosidad por hacerlo, por intentar drogarme. Ese mismo día mi papá me preguntó si no había cogido un polvito que era para un remedio que le había recetado para dejar el trago. Tanto mi hermana como yo, negamos haber visto algo. Pero mi hermana sabía de la existencia de esas bolsitas, a sus 15 años era la que me ajustaba por el camino del bien, aunque el desvío fuera por otro lado.

También tengo que contarles que el vicio por el cigarrillo también mi papá, inconscientemente, me lo enseñó, y es que en esas borracheras de cada ocho días las cajetillas de cigarrillo quedaban por ahí abandonadas, huérfanas y mi curiosidad llevó un día a subir a la terraza con Rubén y mostrarle una de las cajetillas y preguntarle cómo era que se fumaba. Aún ahí tenía en mi bolsillo el bolso de perico de mi papá.
·         Absorba el humo, llévelo a los pulmones, déjelo ahí unos segundos y bótelo, eso es fumar -así lo hice tosiendo como primíparo-.

Tres días después no aguanté la tentación de meter perico. Fui y me encerré en el bañó y con el celular busqué en youtube un tutorial de cómo hacerlo. Fue el inicio de una adicción que hoy me tiene atado a un trastorno de ansiedad y pánico que logro tratar.

Los días posteriores pedí ayuda a mis amigos para conseguir más bolsos de perico. Les regalaba mil o quinientos pesos por ir hasta la olla y comprarme cuatro, diez o hasta 20 bolsos de perico. Subíamos a la terraza a trabarnos con las puntas de una llave. En muchas ocasiones mi hermana, preocupada, nos pillaba y teníamos que saltar tapias y techos para huir de ella. El día que me agarró me dio una pela que no he olvidado.

Al quinto día poco era el dinero que tenía y no estaba para darles a mis amigos así que yo mismo iba hasta la olla y compraba el perico. En la olla conocí a Paolo y Mario, con quienes formé el parche de la orilla. Nos ponchábamos sobre la orilla del caño las mañanas, las tardes, las noches, las madrugadas de todos los días. Varios rumores ya habían llegado a oídos de mi mamá y mi papá por parte de vecinos y conocidos que sabían que yo era Sebastián Rivera Velez hijo de un presentador de eventos y una trabajadora social al servicio del Estado.

Cuando mi papá se enteró, me frenó al levantarme de la cama y me dijo:

·         Sebastián, las drogas no conducen a nada bueno. La gente está diciendo que lo han visto metiendo vicio, su mamá también está muy preocupada. Póngale juicio a su vida usted es un niño.
Ahí mi papá ya no consumía debido a una amenaza de infarto, que lo hizo terminar esa relación suicida de la droga y él. Pero ya no me importaba nada de eso. Con mi papá había aprendido a tomar trago, a fumar cigarrillo, a meter perico desde los diez años. Ya con las amistades malditas y mis visitas sin medida a las ollas seguí por conocer la marihuana que me daba fuerza y ansias. Le dimos la entrada a nuestras vidas a las pepas, al rivotril, a la clanocepan, al éxtasis que nos acompañaban en las rumbas y en las celebraciones de cualquier cosa. Eran los tableros y tableros que consumíamos que nos colocaban a explotar, a robar cualquier cosa para comprar más.

Los comportamientos en casa ya llamaban exageradamente la atención. Ojos hundidos, rojos, alteraciones del carácter, problemas, amenazas de muerte, todo eso motivaron a mi mamá a internarme de inmediato en Armenia en un centro de rehabilitación rural donde me iban a desintoxicar.


Me escapé al segundo día. Llegué directo al parche de amigos y pegamos para el centro dizque a conocer la heroína. Ya habíamos comprado la jeringa de insulina en una farmacia de barrio. Así frenteros entramos a la farmacia y pedimos tres jeringas. Las miradas fueron de sorpresa. Nos inyectamos allá en una calle del centro, plena doce con doce. Y ahí quedamos el primer viaje. Estáticos, etéreos, vivíamos la vida en pause. Ya llevaba cinco años siendo drogadicto, éramos drogadictos. Vivía prácticamente en la calle. A mis padres les faltó fuerza para atajarme, para despertar de esa vida de discordia y violencia que llevaban y que me puso muy por debajo de sus prioridades. Era una guerra cazada, no había paz.

Para nosotros toda droga nueva o sin probar era un reto. Una madrugada, dos de la mañana, llegó Paolo con la idea de comprar un tarro de sacol y mezclarlo con frutiño. Entre todos recogimos mil pesos y se compró. La mezcla fue brutal. A esa hora y ahí sobre la orilla del caño, aún recuerdo que de la traba tan verraca que nos produjo eso yo veía sobre el agua negra del canal que venía una tractomula a levantarme y gritaba fuera de control y les advertía a mis amigos que cuidado. Ellos gritaron en medio también de la traba y salieron corriendo y gritando. La mula pasó pitando, se los juro.

Ese era el menú que mis venas y mis neuronas conocieron en casi ocho años de adicción. Todo, quizás, por culpa de un bolso de perico dejado bajo el estuche de unas gafas y a la mano de la curiosidad de un niño que a los 10 años veía a su papá vencido en el suelo con botellas, cigarrillos y una inconsciencia letal.

Hoy, dos años después de mi peor crisis, reconozco que un 50% la culpa fue de mi padre y el otro de mi curiosidad y mis amigos. Un trastorno de ansiedad y pánico es el resultado de tanto y tanto drogarme. Siento con relativa pausa en los días ataques breves de miedo intenso junto con temblores, mareos, confusión, agitación, desvanecimiento, náuseas y mucha dificultad para respirar. 

Mi papá buscó un nuevo horizonte en el socialismo, pregunta por mí, me tira llamadas en whatsapp, mensajes en Facebook y uno que otro giro con unos pesos que ayudan a sacar la novia o comprar más ropa. Mi madre es quien lucha con mis ataques de ansiedad. Ella la heroína tardía. Ella la que a pesar de errores y aciertos me ha abierto alcahuetamente la puerta que vemos ahí desde esta calle.

·         Ve, ¿si el corazón a uno por ratos le deja de latir hay que salir para la clínica urgente, cierto? Estoy como pálido, ¿te parece? Me va a dar algo ¿oís? -un ataque de ansiedad-.


MI PAPÁ ME ENSEÑÓ A DROGARME CONSCIENTEMENTE
La casa siempre fue de esas de barrio, sin repellar, se podían contar la cantidad de ladrillos que la sostenían. El baño quedaba junto a la sala y el techo era de tejas de barro ajustadas con cañabrava. Hasta donde el perico me deja recordar, somos tres hermanos. Soy el menor. Mi papá desde los 18 años fue un soldador y cerrajero que aprendió este oficio luego de graduarse del bachiller con énfasis en metalistería. Y empezó a circundar los talleres, las cerrajerías como ayudante y luego fue aprendiendo ese oficio hasta que pudo y montó su propio negocio.  

A los 10 años mi papá me abrió las puertas de su taller y aprendí a manejar el soldador, la dobladora, la prensa, el torno y hasta soldar sin la necesidad de la careta. Recuerdo muy bien la primera vez que le pidió a uno de sus empleados que fuera por seis cervezas. Me sentó frente a él y con ese ímpetu de tener un estatus social y económico sin tener que trabajarle a nadie, ni dejarse humillar como empleado (era su argumento favorito), me dijo que conociera la cerveza, que el trago me daba fuerza y que todo cerrajero debía aferrarse al licor para ser fuerte y macho. Yo accedí, eran las palabras de mi héroe, de mi padre. Cuando cumplí los 11 años diario tomaba cerveza, no iba al gimnasio, pero tenía un cuerpo atlético y musculoso. Mi voz era más gutural y era repana de los empleados de mi papá.

Me sentía más hombre por el trago. Y no era solo cerveza, era también aguardiente, ron, chirrinchi, whisky, de todo. Diariamente mi papá estaba lleno de trabajo y notaba que entraba a su oficina con tres de sus empleados y me dejaba encargado del negocio junto con Manuel, un mancito sano que no tomaba, ni rumbeaba, ni fumaba. Yo tenía la idea que eran reuniones privadas donde hablaban de dinero, de negocios, de diseños, hasta ese sábado en que mi papá dijo:

·         Venga mijo… Venga que lo he notado cansado, triste, como aburrido. Venga y calmamos eso.

Y la puerta se abrió, fui el primero en entrar. Había una mesa de reuniones con un vidrio calibre 20 o el más grueso posible. En el centro cervezas, más cervezas y aguardiente y más aguardiente, una caja con cachos de marihuana y pequeñas líneas de lo que era perico en cada uno de los puestos. Todos entraron sonriendo, frotándose las manos, afuera Manuel coordinaba todo en medio de miradas extrañas.

Yo también sentí alegría y emoción. Pero estaba preocupado con las líneas de perico sobre la mesa. Jamás había probado otra cosa diferente al licor. Mi papá me sentó junto a él y con un desparpajo que me transmitió confianza agarró su cédula, organizó la pequeña línea de ese polvito y con un minipitillo fue succionando con su nariz.

·         Hágale bobo hijueputa. Aprenda mijo que la vida hay que gozársela.

Le hizo señas a uno de sus empleados y se paró junto a mí a explicarme. Yo no sentía miedo, era mi padre quien me estaba enseñando a drogarme con perico, junto a sus amigos, con el dinero que se había jodido muchos años de su vida. Pensé que era merecido recibir esas enseñanzas de él. Para eso precisamente había trabajado tan duro desde pequeño, para gozarse la vida.

Cuando me metí el primer pase todos aplaudieron y se acercaron a darme palmadas en la espalda, abrazos y copas de ron y aguardiente. Ya se sentía el olor a marihuana. Éramos seis los que estábamos ahí dentro en ese desenfreno de licor y drogas. Yo era el niño de 11 años, sentía tanta fuerza, tanta vitalidad que le ordené a mi papá que colocaran una de Darío Gomez o una de Pipe Bueno, estaba excitado en medio de tantos hombres. Mi Papá andaba en otro cuento diferente a entender que ahí en esa sala estaba su hijo.

No pasaron quince minutos y tocaron la puerta de la oficina. Mi papá me miró y me dijo que ahora si iba a saber que es ser un macho. Abrieron la puerta y entraron tres mujeres entaconadas, oliendo rico y con senos protuberantes mostrándose por los escotes de sus blusas. Puse cara de sorpresa y una sonrisa diabólica se apoderó de mí. Estaba drogado.

La mayor de ellas se desentaconó y se subió a la mesa a bailar ese perreo que habían impuesto los empleados de mi papá. Bailaba escandalosamente mientras las otras bebían. Se fue quitando el vestido hasta quedar desnuda. Los gritos y las palabras obscenas llenaron la oficina.

Una de las que bebían se trepó a bailarle a mi papá. La otra, que no pasaba de los quince años, hizo lo mismo en mí, mientras me susurraba:

·         Tu papá me dijo que no tienes novia ni has tenido -me besó-.

Todo eso era grandioso para mí, mi papá hasta ese momento me había metido de bruces al mundo del licor, del sexo, de las drogas y yo no había puesto resistencia alguna.

Esa noche todo terminó en cada una de las habitaciones. Los empleados habían hecho lo propio en la oficina. Ahí no había parado todo. Con el paso del tiempo drogarme era tan necesario como religioso hacerlo junto con mi papá. Línea iba, línea venía. Al cabo de un año la adicción fue tan fuerte que la cerrajería había quebrado y la casa la había hipotecado por unos cuantos millones de pesos. Todo eso para mí era normal, yo era parte de esa confabulación para acceder a la droga.


Y acá acabó todo socio, este puente (San Judas) ha sido todo para mi papá y yo desde hace dos años, hemos visto matar gente, secuestrar, nos ha tocado salir a robar juntos para poder drogarnos. Ya no hay salida. Acá vamos a morir (risas diabólicas).
·         Abríte... Abríte de acá pirobo que te voy a matar… -me acaba de estallar una pepa-.

Desde las calles
(Puente San Judas),
GG

martes, 20 de diciembre de 2016

Las lágrimas de la 13 con 10



52 segundos y el semáforo cambia a verde. Los padrones en medio del canicular sol pasan arrastrando polvo, envolturas y humo que nadie puede esquivar mientras esperan el cambio a rojo otros 52 segundos. La carrera 13 con calle 10 es una de esas zonas populares de la ciudad por donde tarde o temprano tendremos que cruzar ya sea de camino al trabajo, a la escuela, la universidad, la olla, el juzgado o la misma cárcel. A pocos metros se ve el tumulto de personas al borde de una valla metálica que lleva las insignias de la Fiscalía General de la Nación, el Consejo de la Judicatura y la Policía Nacional. Mientras eso sucede, paralela a la carrera 10, en medio de las palomas, las papelerías y el olor a maní, a 20 kilómetros por hora, giran una buseta azul oscuro de placas ONI700 y un furgón Mazda modelo 95, escoltados por siete guardianes del INPEC.




Al otro lado de la valla toman posición dos guardianes que sujetan par fusiles a sus pechos, como si la llegada advirtiera un peligro inminente que requiere respuesta y apoyo. En sus rodillas, lado derecho, cuelgan dos pistolas 9mm. Pero en el tumulto no se vislumbra ningún riesgo. La víspera se torna cariñosa, ansiosa, llena de susurros y lágrimas que auguran un escape de felicidad.
  • Desde que los tombos cayeron a la casa y se lo llevaron, desde ese día no lo veo. Ya van 10 meses. No conoce a Celeste todavía. Sé que va a llorar. -Comenta una mujer de escasos 18 años mientras a empujones intenta llegar a la valla y levantar en sus manos a una pequeña bebé en señal de triunfo.

De la buseta van bajando hombres encadenados de pies y manos sin poder acelerar el paso, pero si la mirada en busca de un familiar, un vecino que los reconozca y les sonría en muestra de fraternidad. Richard se detiene al primer paso buscando a su mujer. Se desploma en lágrimas y gritos cuando la ve sujetando a Celeste en sus brazos.



Celeste tiene 8 meses de vida. Y esta oportunidad es la que más cerca ha sentido a su papá desde dos meses antes de venir al mundo en la sala de partos del hospital Joaquín Paz Borrero del barrio Alfonso López. Deduzco que se llama Tatiana por el tatuaje en su muñeca izquierda y los otros dos nombres que en letras cursivas lo acompañan: Celeste y Richard.

Uno de los guardianes lo levanta de un tirón en la cadena y con voz de mando lo obliga a bajar por la rampa de acceso al Palacio de Justicia. Bajan en total 12 presos que vienen del infierno de la cárcel de Villahermosa. Todos procesados por microtrafico, homicidio y hurto calificado.

Tatiana no puede con las lágrimas, recuerda perfectamente cuando se conocieron, cuando hicieron el amor por primera y última vez, el parto, los tatuajes con el nombre de Richard en su espalda y la muñeca, pero también recuerda los puños, los azotes, la droga, la moza y el muerto.


- Ese es tu papá. -dijo en voz alta mientras a su alrededor madres, hijos, vecinos esperaban unos ansiosos y otros con lágrimas y tristeza-.




Desde ahí podía escucharse el vendedor de bonice, el de los minutos, la música al fondo, el ruido de la carrera 10 y ese maremoto de carros, buses, motos y articulados del MIO. 



Una bandada de palomas buscaba comida en los alrededores del Palacio. Desde la aparición del microbús ONI700 por la carrera 10 fueron aumentando la cantidad de familiares apostados en la calle 13, también se sumaban transeúntes que paraban su marcha y sorprendidos por la imagen, clavaban su mirada a los presos, a las familias, los bebés y luego de unos gruesos segundos se decían, ¡qué triste!

Tatiana, con el alma hecha pedazos y un dolor extraño en su corazón, ve como Richard va arrastrando las zapatillas cada 5 centímetros, ella abraza su bebé y siente que solo tiene fuerzas para sentarse sobre el cordón de la calle 13.


Ahí, cuando los articulados alcanzan el semáforo en verde, siente esa fuerza que llevan, una fuerza con el viento de cómplice que en ocasiones la mecen fuertemente. También viene con fuerza el polvo, las envolturas y los aromas a chunchullo, chorizo y a palomera. Pero también siente la necesidad de preguntarse y responderse en qué momento su vida cayó en ese hueco. Estaba ensimismada, llorando. Le da seno a su bebé.

El tumulto de gente se dispersa a pocos metros esperando que terminen las audiencias donde se define la suerte de este grupo de sindicados. Un guardián del INPEC corre con fuerza la valla y el ONI700 sale a la carrera 10 y se parquea a la derecha. Ahora el turno es para el furgón metalizado. Se pueden ver rejas de seguridad y dos guardianes en posición de defensa con sus fusiles. Adentro se origina una algarabía, suenan las paredes del furgón. Descienden con alegría tres travestis esposadas de manos, ahora sí en silencio y ajustándose el cabello. Adentro del furgón puede evidenciarse la extrema seguridad, no hay sillas, no hay ventanas, el furgón resulta siendo una especie trinchera o de bunker, en últimas vienen de un infierno, no podría esperarse más.

En rumores de quienes están ahí a la espera de sus familiares, puede escucharse que dos de las travestis están sindicadas de homicidio agravado, la otra por intento. Nadie las espera, ellas tampoco esperan a nadie.

Pasan dos horas y termina la audiencia de Richard y los otros 11 internos que vienen de la cárcel de Villahermosa. Esta vez van subiendo en parejas. Llegan a la puerta del ONI700 y se ven obligados a decir adiós ambos con las manos esposadas a sus familiares. El último es Richard. Lo acompaña un hombre de contextura gigante, puede notarse que la esposa utiliza sus últimos dientes para ajustar en la muñeca. Sus pasos siguen siendo de cinco centímetros. Alza su mirada buscan ver el cielo y se topa con una edificación de varios pisos, el centro comercial el Caleño. Baja y está la estación Centro del MIO.


Va anonadado, sin suerte, con miedo de pasar muchos años en el infierno de Villahermosa. Se le nota un poco de arrepentimiento. Se le escapa una lágrima de pesar. Vuelve en sí mismo y ahí enfrente a escasos cinco metros de él están pegadas en la valla, Tatiana y Celeste. Sin abandonarse de la tristeza sigue mirándolas. Siente los jalones de su compañero de cárcel. Es una mol de grasa y músculos.

Tatiana lo mira con esas ganas de decir: jueputa que rabia, vos sabés que lo mataste, jueputa vida… ¿Por qué? ¿Por qué? Richard estalla en llanto y grita cuando sube el primer escalón de la ONI700:


- Mami… Mami… 23 años… 23… en ese puto infierno.

Tatiana llora y las personas que están a su alrededor tratan de controlarle su ataque de nervios y de llanto. Se desploma en el suelo con su niña en brazos. Los guardianes del INPEC apresuran la subida, el despeje de la calle y las vallas. Bastaron diez segundos y la buseta salió acelerada y escoltada tras el furgón con un escuadrón de ocho motos del INPEC.

Como transeúnte siento que esto ya terminó. Camino unos pasos y el semáforo cambia a rojo. Mientras espero los 52 segundos, escucho los comentarios de las personas que están también esperando el cambio de luces. Una anciana que va con bastón y que también se detuvo a ver la escena pide permiso con su voz regañada y castigadora. Ve que viene un bus del MIO, se detiene y exclama:


- Esa es la juventud de hoy en día. ¡Qué tristeza! Correa fue lo que les faltó…

Verde.

Desde las calles,
GG.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El central

  

- Viene Vergel… Jum.


Esa sencilla frase sembró el pánico. Los de las flores, los helados, los vigilantes, los de las frutas y ella misma, la señora de los cholados, todos apresuraron el paso para encaletar sus celulares, sus bolsos de mano y el escaso dinero que tenían a mano. Pero también estaban tranquilos, era el momento de vender, el momento en que sus negocios ambulantes podrían producir algo de dinero.

Antes que llegara la caravana escuché todas esas minihistorias trágicas que ella había presenciado en aquel lugar en sus 30 años de labor informal. Sin tener algún vínculo con este sitio, me imaginaba que solo había sucedido un par de cosas y que todo era mala fama. Qué equivocado estaba. A la masacre de seis personas tenía ahora que sumarle una decena de muertos más, miles de atracos en años, enfrentamientos, heridos y mil trifulcas que quedaron ahí.

Mis recuerdos venían desde el fallecimiento de mi abuelo materno. Todo era común. Tenía 11 años y corrían los años noventa, más exactamente el año 1996. Las pandillas estaban en auge, pero de las primeras que se enfrentaron con piedras, palos y machetes. También era la época de carros bomba y la maldita herencia del narcotráfico de segunda generación. Nada salido de lo normal. Incluso las visitas cada domingo durante los cuatro años siguientes.



De ahí recordaba también los puestos de flores que iban de esquina a esquina, el olor a pino, a flor de mirto y esa sensación de humedad que tenían esos cuadritos verdes donde clavaban las flores y las ramas de pino. Pero un recuerdo violento no existía, hasta aquel día de la masacre.



Esa tarde la noticia se difundió por las emisoras de radio del am, luego pasó a boca de barrio y la ciudad ya sabía que, dentro del Cementerio Central, en una balacera habían muerto seis personas. Muchos asociamos este hecho a enfrentamiento entre pandillas de algún joven que estaban sepultando, pero no. Cuatro horas después, el noticiero local emitía la primicia. Por los jardines, pasillos y tapias del cementerio fueron asesinados seis sujetos de una misma familia en ajuste de cuentas por narcotráfico. Cali dolió una vez más.

EN LAS PUERTAS DEL CENTRAL


Estoy sentado sobre un bolardo que delimita el área del puente peatonal de la Carrera 1 con Calle 30, en la comuna 4. Frente a mí, hay escasas dos ventas de flores en las que se pueden contar no más de 30 ramos y 6 coronas. Son las tres de la tarde y los parqueaderos de motos empiezan vertiginosamente a coparse. Así mismo los vendedores, de uno de helados a tres, de un guía de parqueadero a tres. Hay pánico por la procedencia del entierro, ya todos están en pie de lucha. Normalmente los que vienen de barrios como Sucre, el Retiro, el Vergel, Manuela Beltrán, Alfonso Lopez o Antonio Nariño siempre terminan en balaceras, en robos y en presencia de decenas de uniformados de la policía. Los vendedores rectifican el barrio, es del Retiro.

A lo lejos puede escucharse una sirena acompañada de pitos que van aumentando los decibeles. En cuestión de segundos una manada de motos gira a la derecha sobre la Carrera primera, justo ahí en la Calle 30 en sentido centro-oriente. Colman los parqueaderos. Detrás de los motorizados llegan los vehículos particulares, llegan con sorpresa tres camionetas blancas modelo sustitución de carretillas, abarrotadas de jóvenes en la parte trasera, luego un bus modelo 80 de color blanco con bandas horizontales verdes. Todos se bajan. Al otro costado sobre la misma Calle 30 pero con Carrera 3 otro bus llega con dolientes.

La raspadora manual de hielo empieza su trabajo, los cucharones del salpicón también. El celular de los minutos, las neveras de cerveza, los empaques de helado, las flores, todo entra en acción, incluso las compuertas del cementerio se abren dando paso al coche fúnebre que en su parte trasera lleva una cinta morada con letras doradas, en la que se puede leer el nombre de Miguel Antonio. En la parte delantera, a la derecha del conductor una mujer de tez morena llora desconsolada. Es la madre de Miguel.

Los jóvenes se ven cargados de odio, otros llevan cerveza a la mano o ron. Por ahora todo transcurre en normalidad. Sacó mi celular, veo la hora: 3:23Pm. Lo guardo de nuevo y mientras exprime un limón sobre una montañita de hielo en un vaso, me dice: guarde eso papi... adentro eso es muy peligroso, vea que hace un mes sacaron a un muchacho muerto de allá, le pegaron dos tiros por robarle el celular y la gente del cementerio vinieron a dejarlo acá afuera para no calentar más al cementerio. Dios lo proteja papi. Por acá a la orden. 


Entro al Cementerio. No a acompañar el sepelio. No. Entro una vez más a recorrer los pasillos, a ver las fotografías de los muchachos, de los pelaos, de los niños que han muerto, que han matado o se han matado. Entro a entender esa cifra de 10.520 menores de edad asesinados en los últimos quince años, según una excelente investigación del Diario El País: El Mapa de la Muerte, 15 años de homicidios en Cali. Eso no se entiende. Para la ciudad es una cicatriz abierta, mal suturada y escondida bajo una camisa. No es pública, nadie la ve. 


En las lapidas de los pasillos hay fotos de menores de edad con fierros en mano, con pachas (arma artesanal), pelaos montados en moto, con camisetas del deportivo Cali y del América, fotos de menores asesinados a balazos, por robar, por amar, por caminar, porque sí. Fotos a blanco y negro. Pero algo me sorprende y es que los muchachos que están ahí en cuatro paredes de madera en una bóveda son de la generación del celular, eso lo dicen las decenas de fotos estilo selfie, que quizás sus familiares o amigos tomaron de alguna red social y las pegaron ahí para recordarlo en medio de sonrisas, de gestos o en lugares inolvidables.

El Distrito de Aguablanca y la ladera, por lo general son las zonas socialmente más olvidadas de la ciudad, son las que han puesto esos muertos. ¿Cuántos gerentes, docentes, científicos, inventores, matemáticos, profesionales y líderes, ha perdido la ciudad en medio de esa guerra urbana de las pandillas, las bandas, las oficinas y el microtráfico? Todos diría yo. ¿A quién le ha interesado desde hace 20 años los muertos diarios que pone el oriente o la ladera? A nadie.

Programas y proyectos para alejar los jóvenes de la droga, de la delincuencia y de las pandillas se han ejecutado cantidades, unos sin continuidad, otros con oportunidades mediocres de emprendimiento. Mediocres, porqué los jóvenes en situación de vulnerabilidad no van a cambiar sus vidas a punta de trapeadores, de sandalias en cuero o ambientadores. Por lo menos no en la cantidad que necesita nuestra ciudad. Necesitamos que cerca de 500,000 jóvenes tengan verdaderas oportunidades de laborar, de educarse no con cursos, sino con carreras, con postgrados, con especializaciones y doctorados. Creo que nadie a su paso por la Alcaldía le ha metido la ficha a una esperanza de este tipo. Que bueno sería.





Así es... En esta ciudad de furia enceguecida y de inmoralidad diaria han muerto tantos jóvenes que podría abrirse, con el paso de los años, un brecha generacional y económica en la ciudad tan grande que afectaría (ya está sucediendo), el desarrollo de nuestra ciudad. Vivimos toda nuestra vida creyendo que esto es solo salsa, fútbol y trabajo, que Cali es una ciudad donde gobiernan los mismos para los mismo hace más de 30 años, para los grandes intereses, para las empresas de apellidos rimbombantes. Nadie ha gobernado para la Cali excluida o la otra Cali como la llaman algunos columnistas de opinión o medios de comunicación. Somos una urbe acostumbrada a que asesinen a seis personas en promedio  cada día de todos los años en los últimos treinta. Eso no está bien. 



Los pasillos son oblicuos en su mayoría, otros rectos. La historia dice que el diseño del Cementerio Central de Cali obedece al proyecto del Ingeniero Emilio Sardi del año 1904. Inicialmente la idea era formar un trébol con círculos. Posteriormente fueron adicionándole columnas y pasillos que hacen de este diseño algo enigmático para cualquier ojo humano.  

LOS GRAFITIS DEL CENTRAL

Esa búsqueda de menores en las lápidas del Cementerio me ha llevado a reconocer la forma de los pasillos del Cementerio, pasillos que se han convertido en esquinas y calles para los muchachos, para las pandillas, los enamorados y los dolidos. En una respuesta a dominar el espacio territorial, así mismo como funciona en los barrios, las calles y las esquinas, dentro del Cementerio se puede observar las rastros del dolor poético o la rabia literaria.











Ahí podemos ver la fuerza de una juventud descarrilada, sin horizonte. La violencia y sus consecuencias han significado una verticalidad tan profunda en los últimos años, que es entendible tanta rabia y tanta desazón, son en promedio dos menores de edad asesinados en los últimos 15 años cada día, sin descanso. 

EL MIEDO 

Poco a poco voy sintiendo que tras los pasillos recorridos, vienen personas analizándome. Varios pares de jóvenes se ven por todos lados. Tengo que apresurar el paso. En esa carrera finalizando un costado hay dos menores y una jovencita. El aire huele a marihuana, uno de ellos arrodillado le canta y sostiene con sus dedos un cacho de la hierba. Los otros dos van en ese viaje largo y aletargado. Lloran y golpean fuertemente la lápida. No es dolor, es rabia contra la sociedad y la vida, tan solo tenía 15 años su amigo.

El pasillo se acaba y en un costado hay un hombre con los brazos extendidos como si entendiera mi prisa y correría.


El Central se siente caliente, desde la parte trasera llegan tres sonido seguidos y secos. Son balazos. Un auxiliar de policía corre desde la entrada, atraviesa la alameda que da a la Iglesia y se pierde detrás de ella. Huele a marihuana a tufo de licor. Giro atrás y una postal hermosa me despide...



Solo fueron disparos al aire, de esa cultura absurda, esas balas que en los últimos 15 años acabaron con 311 vidas. En medio de una tristeza enorme llego al portón. Este es el central...



Desde las calles,
GG.





Cementerio de perros

  No hay hora exacta, ni preferida. En las mañanas, en las noches, no importa. La pala entra con fuerza en la tierra húmeda y pastosa. Hay q...